EL TEMOR MÁS
TEMIDO: ENAMORARSE
“Las plumas con más
libertad que las lenguas suelen dar a entender a quien quieren lo que en el
alma está encerrado; que muchas veces la presencia de la cosa amada turba y
enmudece la intención más determinada y la lengua más atrevida”
Miguel de Cervantes Saavedra
Don Quijote cae en
permanentes devaneos por la idealizada Dulcinea del Toboso. Sancho lo mira y se
pregunta, basado en la continua distorsión de la realidad que sufre su amo, qué
tan ideal será la tal dama. Hasta que finalmente la identidad real de la amada
le es confiada al “escudero”: se trata de Aldonza Lorenzo, una rústica mujer de
campo tan femenina como Charles Bronson enojado. A partir de una persona de
carne y hueso, el pobre Alfonso Quijano edifica un enorme artificio en materia
de encantos y virtudes femeninas acorde a sus necesidades de altísimo amor
platónico caballeresco.
Lo que conmueve en
este caso, es que no hay ninguna ligazón espiritual entre el enamorado y el
objeto de su amor (no podemos llamarla a ella enamorada porque no lo conoce). Entonces El Quijote experimenta sentimientos
en un plano mental, no en aquellos ligados al enamoramiento (las sensaciones
del cuerpo, la aceleración cardíaca, la inapetencia, los sueños, la ansiedad,
etc.). Aquí no habrá un desafío, no
habrá un riesgo, ningún camino que emprender porque no fue fijado un destino.
Pocos tienen la
capacidad de percibir cómo es el otro y llegar a conocerlo sin necesidad de
tamizarlo con muchos filtros. El mundo nos hace desconfiados, y en nuestro afán
de preservarnos nos pasamos de rosca en el proceso de refinado para obtener la
máxima pureza. Entonces cuando el otro exterioriza que “está listo”, uno
sospecha que está movilizado por las pulsiones y no por las certezas de su
corazón. Y reculamos.
Las vías para el
conocimiento del otro son tan diversas como seres humanos hay en este mundo. La
pluma, como dice Cervantes, “suele dar a entender”, PERO NO ALCANZA.
Algunas mujeres se
sienten Aldonzas Lorenzos, y si un caballero les declara su amor creen que está
delirando, buscando algo fugaz o que es ciego. Y no se permiten sospechar que
acaso el mozo ha visto lo suficiente dentro de ellas. Algunos hombres por su parte se sienten
Quijotes: pues no saben cómo hacerse deseables con tanto ropaje extravagante,
que sólo les sirve para esconder aquello que temen mostrar: su interior.
Pablo Fernando Tomati