sábado, 25 de octubre de 2014


EL TEMOR MÁS TEMIDO: ENAMORARSE

 

“Las plumas con más libertad que las lenguas suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma está encerrado; que muchas veces la presencia de la cosa amada turba y enmudece la intención más determinada y la lengua más atrevida”
                                                                                Miguel de Cervantes Saavedra

 
Don Quijote cae en permanentes devaneos por la idealizada Dulcinea del Toboso. Sancho lo mira y se pregunta, basado en la continua distorsión de la realidad que sufre su amo, qué tan ideal será la tal dama. Hasta que finalmente la identidad real de la amada le es confiada al “escudero”: se trata de Aldonza Lorenzo, una rústica mujer de campo tan femenina como Charles Bronson enojado. A partir de una persona de carne y hueso, el pobre Alfonso Quijano edifica un enorme artificio en materia de encantos y virtudes femeninas acorde a sus necesidades de altísimo amor platónico caballeresco.
Lo que conmueve en este caso, es que no hay ninguna ligazón espiritual entre el enamorado y el objeto de su amor (no podemos llamarla a ella enamorada porque no lo conoce).  Entonces El Quijote experimenta sentimientos en un plano mental, no en aquellos ligados al enamoramiento (las sensaciones del cuerpo, la aceleración cardíaca, la inapetencia, los sueños, la ansiedad, etc.).  Aquí no habrá un desafío, no habrá un riesgo, ningún camino que emprender porque no fue fijado un destino.

 Una enorme cantidad de parejas humanas se han ligado en base a este modus quijotesco, donde si bien hubo reciprocidad en los actores, al igual que en la obra cervantina también la construcción del vínculo fue a partir de la representación mental –con la imagen física como disparador- y no de la experimentación de los sentimientos más comprometidos y el conocimiento cabal del otro a niveles de profundidad abismal.

Pocos tienen la capacidad de percibir cómo es el otro y llegar a conocerlo sin necesidad de tamizarlo con muchos filtros. El mundo nos hace desconfiados, y en nuestro afán de preservarnos nos pasamos de rosca en el proceso de refinado para obtener la máxima pureza. Entonces cuando el otro exterioriza que “está listo”, uno sospecha que está movilizado por las pulsiones y no por las certezas de su corazón. Y reculamos.
Las vías para el conocimiento del otro son tan diversas como seres humanos hay en este mundo. La pluma, como dice Cervantes, “suele dar a entender”, PERO NO ALCANZA.  
Algunas mujeres se sienten Aldonzas Lorenzos, y si un caballero les declara su amor creen que está delirando, buscando algo fugaz o que es ciego. Y no se permiten sospechar que acaso el mozo ha visto lo suficiente dentro de ellas.  Algunos hombres por su parte se sienten Quijotes: pues no saben cómo hacerse deseables con tanto ropaje extravagante, que sólo les sirve para esconder aquello que temen mostrar: su interior.
                                                                                                    Pablo Fernando Tomati