miércoles, 21 de octubre de 2015


MORIR ES CAMBIAR DE ESTADO

 

La noción de finitud nos acompaña toda la vida, pero nos relacionamos con ella de modos diversos, a partir de revelaciones y señales particulares. Al devenir cronológico lo tomamos más en serio a la par que aumentan nuestras obligaciones, pero además, cuando la muerte golpea de cerca llevándose a las personas que amamos en épocas lejanas al encanecimiento y la pérdida de vitalidad física propios. Perder a alguien nos confronta con el imprevisible destino propio, y nos urge resignificar el valor de ese escurridizo tiempo, ojeando cómo lo hemos cubierto.

Cierto abuelo suele decirle a sus nietos: “Cuando llegue el día que se enteren de mi muerte, quiero que piensen que no desaparecí, sino que me volví invisible para cuidarlos mejor”.  Esta positiva actitud inculcada al ser amado para que resignifique su eventual ausencia es al mismo tiempo el instintivo impulso que tenemos todas las perso nas de dejar nuestra impronta en el mundo más allá de nuestra exigua existencia. Cuando nos agobian las dudas existenciales y procuramos hacernos de certezas exploran do opiniones tan disímiles como las de un religioso o un científico ateo reacio a acordar con explicaciones complacientes destinadas al autoengaño reparador, debemos recurrir a la meditación y la reflexión para cubrir espacios que ni el uno ni el otro podrá rellenar con sus verdades relativas. Y esos espacios se cubren con un acuerdo entre los miem bros de una cadena de ligazón afectiva. Vayamos al ejemplo dado del abuelo: es él quien ha fijado las superficies donde habitarán sus improntas, y sus nietos sabrán reconocerlo en ellas. Es una dinámica donde no hay nada que pueda rebatir el observa dor ajeno a ese vínculo, pues para el sentir, el “corazón” de esos nietos, el abuelo seguirá vivo dentro de sus espíritus, y algo de él viajará en la mirada de sus mascotas, o en el cíclico reverdecer del fresno vecino.  Es en definitiva la Memoria lo que nos hace inmortales… no solo la de quienes nos quisieron, sino la de la Tierra toda: en cada suelo que hemos pisado; en cada árbol que hemos acariciado; en el aire del mundo que recibió nuestras exhalaciones, desde la primera hasta la postrera.

                                                                                                       Pablo Fernando Tomati

sábado, 16 de mayo de 2015


La realidad y la apariencia

 

Creo que a casi todos nos ha pasado conocer personas muy agradables, carismáticas y de gran bonomía –entre tantas otras características positivas de su personalidad-, que una vez transcurrido el tiempo para ganarnos su confianza, terminaran por confesarnos amargamente el infierno que habían vivido o aún vivían junto a la persona que habían elegido para compartir su vida.  En algún momento de esa plática, un pensamiento egoísta habrá sobrevolado por nuestra mente: “Si esta chica/chico nos hubiese elegido a nosotros hubiese sido dichos@, pero como soy un “bando” jamás me habría dado calce”.  Probablemente desde nuestro exclusivo punto de vista esto fuese cierto, pero la pregunta inquietante es “¿cuántos de los que han pensado estas cosas consolando a la persona desdichada, habrían resultado andando el tiempo diferentes de los monstruos?”

Si la mujer que fue asesinada en un bar porteño hace poco por un enfermo obsesionado con ella durante 30 años, en vez de rechazarlo aceptaba salir con él -que guardaba un cuchillo entre sus ropas para usarlo criminalmente si las cosas no salían a su gusto-… ¿en qué momento de la relación saltaría la camuflada naturaleza del bestia?
 
Las relaciones humanas evolucionan o involucionan al compás de las intrincadas personalidades de cada uno, pero hay un elemento que está o no está en estado larvado en muchos individuos: una perturbación mental o trastorno patológico, producto de un estado psicopático, un drama padecido en la infancia que alteró su carácter, un genio irascible que no puede controlar cuando está bajo presión, etc. El vincularnos poniendo el corazón y el alma en el proceso no debe hacernos perder el instinto de alerta. Vivimos en un mundo de urgencias, y he comprobado en mi experiencia de vida que muchas de las personas víctimas de tales calvarios abordaron sus relaciones temerosas del que dirán de la soltería si terminaba siendo tardía, o con la mirada puesta en el mandato de la mater/paternidad, el estado civil como indicador de status, el terror a la soledad, etc. ¿Y dónde está el amor en esta historia? Esa es la clave: el concepto amor ha invadido jurisdicciones ajenas: las de la pasión, el anhelo, el ansia, el frenesí, la pulsión sexual, la atracción que entra por los ojos, y tantas otras sensaciones ligadas a endorfinas y otras sustancias corporales. El amor, creo yo, no es para impacientes, es un final del reco- rrido, es el diploma de graduación al cual accedemos cuando nuestra mente y nuestro cuerpo han entrado en una profunda comunión con la persona que hemos ido eligiendo no solo por los estados antedichos, sino también tras haberla escuchado, percibiendo la naturaleza y densidad de su personalidad, haber aprendido de memoria el lenguaje de su sonrisa, las señales de sus ojos y los colores de su voz, y habiendo nosotros expuesto nuestro ser de modo claro y elocuente. Cuando se llega a ese nivel de conexión, las posibilidades de falla son mínimas: basta con ver esos viejitos tomados de la mano, a punto de celebrar las bodas de vaya a saber cuál metal noble.
 
                                                                                               Pablo Fernando Tomati 

lunes, 16 de marzo de 2015

¿LA CIENCIA DEMUESTRA QUE LA MUERTE NO ES REAL?
El reconocido científico Robert Lanza ha desarrollado la teoría del biocentrismo, una “nueva teoría del Universo”, que propone utilizar todos los conocimientos que la humanidad ha adquirido durante los últimos siglos. Desde esta perspectiva, y con estas herramientas, Lanza ha dado una nueva respuesta a la primordial pregunta humana acerca de la muerte: para el biocentrismo la muerte es una ilusión, ya que es la vida la que crea el universo, y no al revés. Y dado que el espacio y el tiempo no existen en forma lineal, la muerte no puede existir en el ‘sentido real’; se trataría simplemente de una ilusión de la conciencia. Es la conciencia la que, según Lanza, asocia la vida con el cuerpo biológico. La prueba estaría dada por experimentos de física cuántica, que demuestran que la materia y la energía pueden mostrarse con características de onda o partícula en base a la percepción y la conciencia de una persona. Adscribiendo a la teoría de que existen infinidad de universos con diferentes variaciones que tienen lugar al mismo tiempo, el biocentrismo asegura que todo lo que posiblemente puede ocurrir, está ocurriendo en algún punto en este multiverso; es decir, la muerte no puede existir en “ningún sentido real”. Algunos importantes científicos se han hecho eco de esta teoría, como Ronald Green, director del Instituto de Ética de la Universidad de Dartmouth, quien sostiene que pensar a la conciencia desde un punto de vista cuántico es coherente con los últimos descubrimientos de la biología y la neurociencia sobre las estructuras de la mente y la vida humana.

FUENTE
Robert Lanza Copyright TuHistory.com

miércoles, 14 de enero de 2015


SE PUEDE REMOVER EL MAL EN NOSOTROS

 

Hacemos ese viaje imaginario al Espacio (como lo realiza la serie “Cosmos”) y uno solo ve belleza, portento y perfección cuasi artística. Aquí no corren categorizaciones tales como el Bien o el Mal. La razón cae de maduro: el orden perfecto es ajeno a todo punto de vista subjetivo, simplemente lo ES.

En el mundo humano todo es relativo y subjetivo. En los días que corren, brutales acontecimientos que vienen generándose en Nigeria o en Siria e Irak -y que han derramado en el corazón de Europa- (sin que se pueda aventurar hasta dónde llegará la demencia), nos presentan con claridad esa noción intangible llamada el Mal.  Las decapitaciones, el asesinato de inocentes de una redacción, poner un arma en un niño de 10 años para que ejecute un condenado o enviar una niña cargada de explosivos a un supermercado y hacerla detonar dentro, son la exacerbación grosera del Mal, el ser diabólico entronizado en el mundo que no encuentra en su rival “el Bien” una reacción que pueda mellar sus actos.

Al Mal hay que combatirlo en sus manifestaciones más sutiles, antes de emprender cruzadas más ambiciosas y ecuménicas. Porque el Mal mide tanto en cifras nano métricas como astronómicas. Y a quienes nos reconocemos gente de bien nos afecta el involucrado en las primeras. No voy a realizar una descripción, sino solo a dar un único ejemplo, pues es nuestra tarea individual, cual láser curativo, irradiar cada célula de mal en nuestro interior y pulverizarla.

Muchas veces escucho gente que se jacta de “decir las cosas de frente, sin anestesia, aunque duelan o caigan mal”. Esta conducta  que supuestamente definiría el rasgo de una persona con carácter y fuerte personalidad parece viralizarse en cada vez más individuos, al punto que quienes ponemos cuidado en nuestras palabras para no herir ni hacer sentir mal al prójimo entramos en la categoría de cobardes o timoratos. Esto me sirve de introducción para hacer foco en un tipo de manifestación del Mal: cuando nuestras actitudes (por egoísmo o descuido) causan algún daño a quien lejos está en nuestra voluntad querer hacer sentir mal.  Las relaciones humanas son muy complejas, donde se plantean auténticos juegos de ajedrez, plenos de estrategias que encubren nuestro deseo de no ser heridos o quedar en “off side”.  En ese deseo egoísta planteamos estrategias rígidas que no contemplan los daños colaterales, daños que a la corta o la larga nos alejarán irremediablemente de aquellos hacia quienes, paradójicamente, queremos acercarnos cada vez más. Hay un mal ocasionado aún a nuestro pesar, pues alguien objetivamente fue herido como consecuencia de nuestros actos. Una brizna de Mal nos ha gobernado. Y es un mal severo cuando nos ha privado de lograr un objetivo. He aquí un ejemplo. Cuanto más mal erradiquemos de nuestra esencia, más percibiremos que aquel orden perfecto celestial efectivamente nos contiene.

 
                                                                                             Pablo Fernando Tomati