MORIR ES CAMBIAR DE
ESTADO
La noción de
finitud nos acompaña toda la vida, pero nos relacionamos con ella de modos
diversos, a partir de revelaciones y señales particulares. Al devenir
cronológico lo tomamos más en serio a la par que aumentan nuestras
obligaciones, pero además, cuando la muerte golpea de cerca llevándose a las
personas que amamos en épocas lejanas al encanecimiento y la pérdida de
vitalidad física propios. Perder a alguien nos confronta con el imprevisible
destino propio, y nos urge resignificar el valor de ese escurridizo tiempo,
ojeando cómo lo hemos cubierto.
Cierto abuelo suele
decirle a sus nietos: “Cuando llegue el día que se enteren de mi muerte, quiero
que piensen que no desaparecí, sino que me volví invisible para cuidarlos
mejor”. Esta positiva actitud inculcada
al ser amado para que resignifique su eventual ausencia es al mismo tiempo el
instintivo impulso que tenemos todas las perso nas de dejar nuestra impronta en
el mundo más allá de nuestra exigua existencia. Cuando nos agobian las dudas
existenciales y procuramos hacernos de certezas exploran do opiniones tan disímiles
como las de un religioso o un científico ateo reacio a acordar con
explicaciones complacientes destinadas al autoengaño reparador, debemos
recurrir a la meditación y la reflexión para cubrir espacios que ni el uno ni
el otro podrá rellenar con sus verdades relativas. Y esos espacios se cubren
con un acuerdo entre los miem bros de una cadena de ligazón afectiva. Vayamos
al ejemplo dado del abuelo: es él quien ha fijado las superficies donde
habitarán sus improntas, y sus nietos sabrán reconocerlo en ellas. Es una
dinámica donde no hay nada que pueda rebatir el observa dor ajeno a ese vínculo,
pues para el sentir, el “corazón” de esos nietos, el abuelo seguirá vivo dentro
de sus espíritus, y algo de él viajará en la mirada de sus mascotas, o en el
cíclico reverdecer del fresno vecino. Es
en definitiva la Memoria lo que nos hace inmortales… no solo la de quienes nos
quisieron, sino la de la Tierra toda: en cada suelo que hemos pisado; en cada
árbol que hemos acariciado; en el aire del mundo que recibió nuestras
exhalaciones, desde la primera hasta la postrera.
Pablo Fernando Tomati