La realidad y la apariencia
Creo que a casi
todos nos ha pasado conocer personas muy agradables, carismáticas y de gran
bonomía –entre tantas otras características positivas de su personalidad-, que
una vez transcurrido el tiempo para ganarnos su confianza, terminaran por confesarnos
amargamente el infierno que habían vivido o aún vivían junto a la persona que habían
elegido para compartir su vida. En algún
momento de esa plática, un pensamiento egoísta habrá sobrevolado por nuestra
mente: “Si esta chica/chico nos hubiese elegido a nosotros hubiese sido dichos@,
pero como soy un “bando” jamás me habría dado calce”. Probablemente desde nuestro exclusivo punto
de vista esto fuese cierto, pero la pregunta inquietante es “¿cuántos de los
que han pensado estas cosas consolando a la persona desdichada, habrían resultado
andando el tiempo diferentes de los monstruos?”
Si la mujer que fue
asesinada en un bar porteño hace poco por un enfermo obsesionado con ella
durante 30 años, en vez de rechazarlo aceptaba salir con él -que guardaba un
cuchillo entre sus ropas para usarlo criminalmente si las cosas no salían a su
gusto-… ¿en qué momento de la relación saltaría la camuflada naturaleza del
bestia?
Las relaciones
humanas evolucionan o involucionan al compás de las intrincadas personalidades
de cada uno, pero hay un elemento que está o no está en estado larvado en muchos
individuos: una perturbación mental o trastorno patológico, producto de un
estado psicopático, un drama padecido en la infancia que alteró su carácter, un
genio irascible que no puede controlar cuando está bajo presión, etc. El
vincularnos poniendo el corazón y el alma en el proceso no debe hacernos perder
el instinto de alerta. Vivimos en un mundo de urgencias, y he comprobado en mi
experiencia de vida que muchas de las personas víctimas de tales calvarios abordaron
sus relaciones temerosas del que dirán de la soltería si terminaba siendo
tardía, o con la mirada puesta en el mandato de la mater/paternidad, el estado
civil como indicador de status, el terror a la soledad, etc. ¿Y dónde está el
amor en esta historia? Esa es la clave: el concepto amor ha invadido
jurisdicciones ajenas: las de la pasión, el anhelo, el ansia, el frenesí, la
pulsión sexual, la atracción que entra por los ojos, y tantas otras sensaciones
ligadas a endorfinas y otras sustancias corporales. El amor, creo yo, no es
para impacientes, es un final del reco- rrido, es el diploma de graduación al
cual accedemos cuando nuestra mente y nuestro cuerpo han entrado en una
profunda comunión con la persona que hemos ido eligiendo no solo por los
estados antedichos, sino también tras haberla escuchado, percibiendo la naturaleza
y densidad de su personalidad, haber aprendido de memoria el lenguaje de su
sonrisa, las señales de sus ojos y los colores de su voz, y habiendo nosotros
expuesto nuestro ser de modo claro y elocuente. Cuando se llega a ese nivel de
conexión, las posibilidades de falla son mínimas: basta con ver esos viejitos
tomados de la mano, a punto de celebrar las bodas de vaya a saber cuál metal
noble.
Pablo Fernando Tomati
No hay comentarios.:
Publicar un comentario