sábado, 16 de mayo de 2015


La realidad y la apariencia

 

Creo que a casi todos nos ha pasado conocer personas muy agradables, carismáticas y de gran bonomía –entre tantas otras características positivas de su personalidad-, que una vez transcurrido el tiempo para ganarnos su confianza, terminaran por confesarnos amargamente el infierno que habían vivido o aún vivían junto a la persona que habían elegido para compartir su vida.  En algún momento de esa plática, un pensamiento egoísta habrá sobrevolado por nuestra mente: “Si esta chica/chico nos hubiese elegido a nosotros hubiese sido dichos@, pero como soy un “bando” jamás me habría dado calce”.  Probablemente desde nuestro exclusivo punto de vista esto fuese cierto, pero la pregunta inquietante es “¿cuántos de los que han pensado estas cosas consolando a la persona desdichada, habrían resultado andando el tiempo diferentes de los monstruos?”

Si la mujer que fue asesinada en un bar porteño hace poco por un enfermo obsesionado con ella durante 30 años, en vez de rechazarlo aceptaba salir con él -que guardaba un cuchillo entre sus ropas para usarlo criminalmente si las cosas no salían a su gusto-… ¿en qué momento de la relación saltaría la camuflada naturaleza del bestia?
 
Las relaciones humanas evolucionan o involucionan al compás de las intrincadas personalidades de cada uno, pero hay un elemento que está o no está en estado larvado en muchos individuos: una perturbación mental o trastorno patológico, producto de un estado psicopático, un drama padecido en la infancia que alteró su carácter, un genio irascible que no puede controlar cuando está bajo presión, etc. El vincularnos poniendo el corazón y el alma en el proceso no debe hacernos perder el instinto de alerta. Vivimos en un mundo de urgencias, y he comprobado en mi experiencia de vida que muchas de las personas víctimas de tales calvarios abordaron sus relaciones temerosas del que dirán de la soltería si terminaba siendo tardía, o con la mirada puesta en el mandato de la mater/paternidad, el estado civil como indicador de status, el terror a la soledad, etc. ¿Y dónde está el amor en esta historia? Esa es la clave: el concepto amor ha invadido jurisdicciones ajenas: las de la pasión, el anhelo, el ansia, el frenesí, la pulsión sexual, la atracción que entra por los ojos, y tantas otras sensaciones ligadas a endorfinas y otras sustancias corporales. El amor, creo yo, no es para impacientes, es un final del reco- rrido, es el diploma de graduación al cual accedemos cuando nuestra mente y nuestro cuerpo han entrado en una profunda comunión con la persona que hemos ido eligiendo no solo por los estados antedichos, sino también tras haberla escuchado, percibiendo la naturaleza y densidad de su personalidad, haber aprendido de memoria el lenguaje de su sonrisa, las señales de sus ojos y los colores de su voz, y habiendo nosotros expuesto nuestro ser de modo claro y elocuente. Cuando se llega a ese nivel de conexión, las posibilidades de falla son mínimas: basta con ver esos viejitos tomados de la mano, a punto de celebrar las bodas de vaya a saber cuál metal noble.
 
                                                                                               Pablo Fernando Tomati