lunes, 25 de julio de 2016

LA ESGRIMA VERBAL Y SUS TRAMPAS

En las redes sociales algunos damos a veces nuestra opinión sobre algo que nos fastidia. De inmediato, nos “saltan a la yugular” los opositores a nuestro punto de vista. Lo primero que deducimos es que algo certero habremos formulado, pues ese argumento amenaza una “verdad revelada” que a partir de la observación corre peligro de perder su invulnerabilidad

Observamos en nuestra vida contemporánea un siniestro ejercicio de retórica que uno desearía poder desenmascarar. Sus cultores son los fervorosos militantes dogmáticos que creen poseer LA VERDAD. Algunos integran corrientes políticas radicalizadas, transformadas por obra de sus rituales públicos en lo que conocemos como secta; otros a filosofías político-económicas, bien formuladas desde la teoría, pero de dudoso éxito tanto global como regional, si nos limitamos a un imparcial empirismo histórico. Respecto de éstos, suelen ufanarse de ser insuperables en el arte de la discusión dialéctica, cohibiendo frecuentemente a interlocutores no dogmatizados o ajenos a esos ejercicios sofisticados del lenguaje. Al respecto hay un libro de lectura imprescindible escrito por Arthur Schopenhauer que lleva por título “Dialéctica erística o el arte de tener razón mediante 38 estratagemas”, basado en los “Tópicos de Aristóteles”. La obra contiene una serie de apuntes en los que Schopenhauer recopiló treinta y ocho “estratagemas”, “ardides”, “trucos” dialécticos, “argumentaciones desleales” o “engañosas” utilizadas en las discusiones públicas, cuando uno de los contrincantes desea que prevalezcan sus tesis u opiniones sobre las del adversario, aun sabiendo que sus argumentos son mentirosos, absurdos o que no tienen razón alguna en el asunto a discutir. Es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente. Algunos de los 38 tópicos son éstos:
 
Proceder "preguntando al adversario” para poder deducir de sus respuestas la verdad de nuestra afirmación. No se está focalizado en conocer en profundidad el pensamiento del otro, abierto a aceptar la eventualidad que la razón le acompaña, sino a escuchar en función de poder refutar a partir de lo que el otro argumenta.
 
Provocar la irritación del adversario y hacerle montar en cólera para que se degrade su discurso y la canalización ordenada de sus ideas; “sacarlo” de su centro. Este es el aspecto que yo veo como central en esta gente soberbia e intolerante, y conecta con otra estrategia que suele ser su consecuencia: cuando el adversario, llevando de hecho razón, ha tenido la mala suerte de elegir para su defensa una prueba inadecuada que podemos invalidar fácilmente, dando con eso todo el asunto por refutado.
 
No establecer las preguntas en el orden requerido por la conclusión a la que se desea llegar con ellas, sino desordenadamente; el adversario no sabrá a dónde queremos ir.
 
Cuando hayamos obtenido del adversario la concesión de una premisa que requeríamos, tenemos que deducir la conclusión deseada no con más preguntas, sino concluyéndola inmediatamente nosotros mismos.
 
Si inesperadamente el adversario se muestra irritado ante un argumento, debe utilizarse tal argumento con insistencia.
 
Finalmente está el “manotazo de ahogado”: Cuando se advierte que el adversario es superior y se tienen las de perder, se procede ofensiva, grosera y ultrajantemente. Volvemos una vez más al tópico de intentar “sacar” al adversario.
 
                                                                                                Pablo Fernando Tomati