jueves, 19 de mayo de 2016


POR QUE ESCRIBIMOS

A quienes tenemos un gran aprecio por Fernando Savater nos ha conmovido el profundo dolor que trasunta por la muerte de su amada esposa Sara Torres en marzo pasado. “La aflicción es más fuerte que la razón”, expresó en el primer reportaje que concedió tras la pérdida.  Hay una sentencia muy generalizada en el mundo de los escritores, algunos se la atribuyen a Gabriel García Márquez, que dice: “Yo escribo para que me quieran”. Fernando le echó mano modificando el final: “Escribía para que Sara me quisiese”. Y es inevitable que todos los que amamos escribir (además de leer), hasta los fracasados inéditos como un servidor, lo hagamos motorizados y guiados por un ser real o ficticio en el cual depositar nuestros más nobles sentimientos. Despojados de él, nuestra vida pierde incentivo.

Aun cuando Dulcinea no existía y las neuronas sanas que le quedaban al pobre Quijote/Quijano le confirmaban esa presunción, El Caballero de la Triste Figura no  renunciaba a su amor platónico, porque era el sustento vital de sus días, lo que le daba sentido a sus aventuras; no servía y hubiese sido contraproducente que le obligaran rendirse a la evidencia, porque significaba quitarle lo que motorizaba sus impulsos, y porque en definitiva quienes no son amados –correspondidos-, al menos se conforman para seguir vivos con la mitad del hermoso juego: tener una figura concreta para amar. ¿Recuerdan los que vieron el film Náufrago el retrato de una mujer en un camafeo
que el susodicho personificado por Tom Hanks observa continuamente en la isla desierta? Tras su providencial regreso, se reencuentra con la dama del retrato (quien cansada de esperarlo y darlo por muerto, se casó y tuvo una hija) y le confiesa: “Tu salvaste mi vida”. Ambos lloran desconsolados, porque al fin y al cabo, eran el uno para el otro. El pobre hombre destrozado muestra en la última escena que podrá seguir con su vida, porque pudo cerrar correctamente esa historia: el amor –compartido o anhelado a distancia- cumplió en sostenerlo en su terrible experiencia y no le fue arrancado de modo violento y prematuro. No le mandó ella una botella con un papelito diciendo: “Si lees esto que sepas me he casado, ya te olvidé”.

Savater, quien hoy dice no tener fuerzas para levantarse y afeitarse, que no volverá a escribir, terminará por reponerse de ese dolor lacerante que lo acompañará sin dudas el resto de su vida. Tiene razón al decir “Se trata a los tristes como a un borracho: ya se te va a pasar”. Es claro, por lo general las personas no toleran a los tristes, a los deprimidos; cuando los demás no sienten deseos de alejarse de ellos, procuran curarlos de esa peste. Pero a los tristes, a los que atraviesan un bajón, no se los consuela: se comparte con ellos sus pasiones espirituales afines, para que vuelvan a ser su eje ahora por sí mismas, ya sin la musa o lo que fuese el combustible en el pasado, pero con nuevos incentivos para lo futuro.
 
En el marco de un bajón, sea por una pérdida o un desengaño, el escritor relativiza y desvaloriza su obra; siente que ha escrito vanas palabras llevadas por el viento y transformadas en nada. Supongo que quienes lo quieren lo sabrán confortar diciendo que sus palabras siempre tuvieron valor y significado, porque fueron escritas también para ellos.

 

                                                                                      Pablo Fernando Tomati