SE PUEDE REMOVER EL
MAL EN NOSOTROS
Hacemos ese viaje
imaginario al Espacio (como lo realiza la serie “Cosmos”) y uno solo ve
belleza, portento y perfección cuasi artística. Aquí no corren categorizaciones
tales como el Bien o el Mal. La razón cae de maduro: el orden perfecto es ajeno
a todo punto de vista subjetivo, simplemente lo ES.
En el mundo humano
todo es relativo y subjetivo. En los días que corren, brutales acontecimientos
que vienen generándose en Nigeria o en Siria e Irak -y que han derramado en el
corazón de Europa- (sin que se pueda aventurar hasta dónde llegará la demencia),
nos presentan con claridad esa noción intangible llamada el Mal. Las decapitaciones, el asesinato de inocentes
de una redacción, poner un arma en un niño de 10 años para que ejecute un
condenado o enviar una niña cargada de explosivos a un supermercado y hacerla
detonar dentro, son la exacerbación grosera del Mal, el ser diabólico
entronizado en el mundo que no encuentra en su rival “el Bien” una reacción que
pueda mellar sus actos.
Al Mal hay que
combatirlo en sus manifestaciones más sutiles, antes de emprender cruzadas más
ambiciosas y ecuménicas. Porque el Mal mide tanto en cifras nano métricas como
astronómicas. Y a quienes nos reconocemos gente de bien nos afecta el
involucrado en las primeras. No voy a realizar una descripción, sino solo a dar
un único ejemplo, pues es nuestra tarea individual, cual láser curativo,
irradiar cada célula de mal en nuestro interior y pulverizarla.
Muchas veces
escucho gente que se jacta de “decir las cosas de frente, sin anestesia, aunque
duelan o caigan mal”. Esta conducta que
supuestamente definiría el rasgo de una persona con carácter y fuerte
personalidad parece viralizarse en cada vez más individuos, al punto que
quienes ponemos cuidado en nuestras palabras para no herir ni hacer sentir mal al
prójimo entramos en la categoría de cobardes o timoratos. Esto me sirve de
introducción para hacer foco en un tipo de manifestación del Mal: cuando
nuestras actitudes (por egoísmo o descuido) causan algún daño a quien lejos
está en nuestra voluntad querer hacer sentir mal. Las relaciones humanas son muy complejas, donde
se plantean auténticos juegos de ajedrez, plenos de estrategias que encubren
nuestro deseo de no ser heridos o quedar en “off side”. En ese deseo egoísta planteamos estrategias
rígidas que no contemplan los daños colaterales, daños que a la corta o la
larga nos alejarán irremediablemente de aquellos hacia quienes, paradójicamente,
queremos acercarnos cada vez más. Hay un mal ocasionado aún a nuestro pesar,
pues alguien objetivamente fue herido como consecuencia de nuestros actos. Una
brizna de Mal nos ha gobernado. Y es un mal severo cuando nos ha privado de lograr un objetivo. He aquí un ejemplo. Cuanto más mal erradiquemos de nuestra esencia, más percibiremos que aquel
orden perfecto celestial efectivamente nos contiene.