miércoles, 14 de diciembre de 2016

LOS AFECTOS SUTILES

 El mundo de las relaciones humanas es mucho más sofisticado de lo que imaginamos. Si dividimos el universo de nuestros afectos entre los que nos aman, nos quieren o nos aprecian, estaríamos dejando fuera una categoría mucho más difusa, indefinida y difícil de describir: la de los afectos sutiles. En mi obsesiva observación de la naturaleza humana, he aprendido a identificarlos tras anoticiarme de su existencia.

Los afectos sutiles son aquellas personas que nos observan a la distancia con una sonrisa; nunca sabrán descubrir qué es lo que sienten por nosotros, pero les place saber que estamos aquí. Hay una evidente empatía, mezclada con un atávico hálito proveniente de pasadas vidas que susurra sin palabras, instando a desandar algún tipo de rumbo hacia nosotros. Los afectos sutiles saben que ese limbo no conduce a nada, pero hay una duda central arraigada en lo más profundo de su ser –no es temor ni inseguridad, es algo que tiene más que ver con un: “este no ha sido el tiempo, la edad ni la circunstancia para que esa persona sea algo distinto… a un afecto sutil”.

Los afectos sutiles son los que llegan hasta el teléfono sacado de su base o del índice deslizado por la pantalla del Smartphone para activarlo, y nada más; los del “venite” cuando previamente y posteriormente exclaman un genérico “vengan”, pero que no nos integran a su mundo si pueden evitarlo; son el rostro sonriente a cuatro asientos de distancia; son los que nos encuentran en las páginas de sus libros de lectura sin haber estado pensando en nosotros previamente.
 
                                                                                                  Pablo Fernando Tomati

lunes, 25 de julio de 2016

LA ESGRIMA VERBAL Y SUS TRAMPAS

En las redes sociales algunos damos a veces nuestra opinión sobre algo que nos fastidia. De inmediato, nos “saltan a la yugular” los opositores a nuestro punto de vista. Lo primero que deducimos es que algo certero habremos formulado, pues ese argumento amenaza una “verdad revelada” que a partir de la observación corre peligro de perder su invulnerabilidad

Observamos en nuestra vida contemporánea un siniestro ejercicio de retórica que uno desearía poder desenmascarar. Sus cultores son los fervorosos militantes dogmáticos que creen poseer LA VERDAD. Algunos integran corrientes políticas radicalizadas, transformadas por obra de sus rituales públicos en lo que conocemos como secta; otros a filosofías político-económicas, bien formuladas desde la teoría, pero de dudoso éxito tanto global como regional, si nos limitamos a un imparcial empirismo histórico. Respecto de éstos, suelen ufanarse de ser insuperables en el arte de la discusión dialéctica, cohibiendo frecuentemente a interlocutores no dogmatizados o ajenos a esos ejercicios sofisticados del lenguaje. Al respecto hay un libro de lectura imprescindible escrito por Arthur Schopenhauer que lleva por título “Dialéctica erística o el arte de tener razón mediante 38 estratagemas”, basado en los “Tópicos de Aristóteles”. La obra contiene una serie de apuntes en los que Schopenhauer recopiló treinta y ocho “estratagemas”, “ardides”, “trucos” dialécticos, “argumentaciones desleales” o “engañosas” utilizadas en las discusiones públicas, cuando uno de los contrincantes desea que prevalezcan sus tesis u opiniones sobre las del adversario, aun sabiendo que sus argumentos son mentirosos, absurdos o que no tienen razón alguna en el asunto a discutir. Es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente. Algunos de los 38 tópicos son éstos:
 
Proceder "preguntando al adversario” para poder deducir de sus respuestas la verdad de nuestra afirmación. No se está focalizado en conocer en profundidad el pensamiento del otro, abierto a aceptar la eventualidad que la razón le acompaña, sino a escuchar en función de poder refutar a partir de lo que el otro argumenta.
 
Provocar la irritación del adversario y hacerle montar en cólera para que se degrade su discurso y la canalización ordenada de sus ideas; “sacarlo” de su centro. Este es el aspecto que yo veo como central en esta gente soberbia e intolerante, y conecta con otra estrategia que suele ser su consecuencia: cuando el adversario, llevando de hecho razón, ha tenido la mala suerte de elegir para su defensa una prueba inadecuada que podemos invalidar fácilmente, dando con eso todo el asunto por refutado.
 
No establecer las preguntas en el orden requerido por la conclusión a la que se desea llegar con ellas, sino desordenadamente; el adversario no sabrá a dónde queremos ir.
 
Cuando hayamos obtenido del adversario la concesión de una premisa que requeríamos, tenemos que deducir la conclusión deseada no con más preguntas, sino concluyéndola inmediatamente nosotros mismos.
 
Si inesperadamente el adversario se muestra irritado ante un argumento, debe utilizarse tal argumento con insistencia.
 
Finalmente está el “manotazo de ahogado”: Cuando se advierte que el adversario es superior y se tienen las de perder, se procede ofensiva, grosera y ultrajantemente. Volvemos una vez más al tópico de intentar “sacar” al adversario.
 
                                                                                                Pablo Fernando Tomati

jueves, 19 de mayo de 2016


POR QUE ESCRIBIMOS

A quienes tenemos un gran aprecio por Fernando Savater nos ha conmovido el profundo dolor que trasunta por la muerte de su amada esposa Sara Torres en marzo pasado. “La aflicción es más fuerte que la razón”, expresó en el primer reportaje que concedió tras la pérdida.  Hay una sentencia muy generalizada en el mundo de los escritores, algunos se la atribuyen a Gabriel García Márquez, que dice: “Yo escribo para que me quieran”. Fernando le echó mano modificando el final: “Escribía para que Sara me quisiese”. Y es inevitable que todos los que amamos escribir (además de leer), hasta los fracasados inéditos como un servidor, lo hagamos motorizados y guiados por un ser real o ficticio en el cual depositar nuestros más nobles sentimientos. Despojados de él, nuestra vida pierde incentivo.

Aun cuando Dulcinea no existía y las neuronas sanas que le quedaban al pobre Quijote/Quijano le confirmaban esa presunción, El Caballero de la Triste Figura no  renunciaba a su amor platónico, porque era el sustento vital de sus días, lo que le daba sentido a sus aventuras; no servía y hubiese sido contraproducente que le obligaran rendirse a la evidencia, porque significaba quitarle lo que motorizaba sus impulsos, y porque en definitiva quienes no son amados –correspondidos-, al menos se conforman para seguir vivos con la mitad del hermoso juego: tener una figura concreta para amar. ¿Recuerdan los que vieron el film Náufrago el retrato de una mujer en un camafeo
que el susodicho personificado por Tom Hanks observa continuamente en la isla desierta? Tras su providencial regreso, se reencuentra con la dama del retrato (quien cansada de esperarlo y darlo por muerto, se casó y tuvo una hija) y le confiesa: “Tu salvaste mi vida”. Ambos lloran desconsolados, porque al fin y al cabo, eran el uno para el otro. El pobre hombre destrozado muestra en la última escena que podrá seguir con su vida, porque pudo cerrar correctamente esa historia: el amor –compartido o anhelado a distancia- cumplió en sostenerlo en su terrible experiencia y no le fue arrancado de modo violento y prematuro. No le mandó ella una botella con un papelito diciendo: “Si lees esto que sepas me he casado, ya te olvidé”.

Savater, quien hoy dice no tener fuerzas para levantarse y afeitarse, que no volverá a escribir, terminará por reponerse de ese dolor lacerante que lo acompañará sin dudas el resto de su vida. Tiene razón al decir “Se trata a los tristes como a un borracho: ya se te va a pasar”. Es claro, por lo general las personas no toleran a los tristes, a los deprimidos; cuando los demás no sienten deseos de alejarse de ellos, procuran curarlos de esa peste. Pero a los tristes, a los que atraviesan un bajón, no se los consuela: se comparte con ellos sus pasiones espirituales afines, para que vuelvan a ser su eje ahora por sí mismas, ya sin la musa o lo que fuese el combustible en el pasado, pero con nuevos incentivos para lo futuro.
 
En el marco de un bajón, sea por una pérdida o un desengaño, el escritor relativiza y desvaloriza su obra; siente que ha escrito vanas palabras llevadas por el viento y transformadas en nada. Supongo que quienes lo quieren lo sabrán confortar diciendo que sus palabras siempre tuvieron valor y significado, porque fueron escritas también para ellos.

 

                                                                                      Pablo Fernando Tomati

domingo, 20 de marzo de 2016


Un cuento breve mío publicado en la colección Nuevos Cuentistas Argentinos, de la Red Literaria Sur, tras haber sido seleccionado en el Concurso de Cuento Breve de 1995. El episodio refleja la situación precaria que vivían los pueblos fueguinos, que estaban a merced de cazadores europeos asesinos pagados por los estancieros que se establecían en la Patagonia, o como en este caso, por marinos balleneros ingleses que cada tanto capturaban nativos para esclavitud de servicio, caza menor, guía o cualquier otra actividad.

                                   LA PARTIDA DE UN HORRN

Kámi comenzó a tiritar.  No era el frío el causante, sino un dolor que mordía su alma, y la impotencia que mataba sus últimas ilusiones.

Echó una última mirada a Hamelink, su padre. Este, al sentirse observado por su adorado primogénito, hizo un ademán de fastidio y le dio la espalda. Kámi no pudo saber entonces que una lágrima impertinente se escurría por la curtida mejilla del anciano.

Mucho hacía que la noche reinaba sobre el Haruwen de Kámi, pero eso no los incomodaba mientras Kren se dignara a asomarse unos instantes por jornada, o la bella Kre compartiera con ellos su tenue resplandor.  Shónn jamás olvidaba a sus hijos de la Karukinka –la última tierra de la Gente-, y ya fuera con el uno o con la otra, nunca les faltaría luz para iluminar sus pasos.

Kámi en su partida sin retorno dejaba tras de sí al lailuka Hamelink, llama de sabiduría y calor de compañía, pero también a Chálu, su bienamada mujer y madre de sus cuatro hijos, y los otros, sus antiguos compañeros klóketen, que sufrieron junto a él la prueba de superar el temor a los sho’órte para hacerse hombres.

Los navegantes de rostros peludos lo esperaban en la playa. Kámi sabía que solo ellos eran capaces de morder la mano que les daba de comer, pero no podía renunciar a sus convicciones aprendidas en el Hain: él era horrn, el mejor cazador de keyáishk de la región, y los que viajaban en la gran nave necesitaban de sus servicios.

Kámi no comprendía la lengua de aquellos, pero tenía la certeza de su destino. Kox, el eterno rugidor, en cuya superficie se reflejaba el esplendor de las estrellas, así se lo había anunciado. Por eso, al subir a la embarcación, fue como si hubiese comprendido perfectamente las palabras de quien parecía ser el jefe a bordo: “¿Este es el cazador de cormoranes que trajeron? A ver si el pobre diablo aguanta un tiempo más que el anterior”.