LA ESGRIMA VERBAL Y SUS TRAMPAS
En las redes
sociales algunos damos a veces nuestra opinión sobre algo que nos fastidia. De
inmediato, nos “saltan a la yugular” los opositores a nuestro punto de vista. Lo
primero que deducimos es que algo certero habremos formulado, pues ese
argumento amenaza una “verdad revelada” que a partir de la observación corre
peligro de perder su invulnerabilidad
Observamos en nuestra
vida contemporánea un siniestro ejercicio de retórica que uno desearía poder
desenmascarar. Sus cultores son los fervorosos militantes dogmáticos que creen
poseer LA VERDAD. Algunos integran corrientes políticas radicalizadas,
transformadas por obra de sus rituales públicos en lo que conocemos como secta;
otros a filosofías político-económicas, bien formuladas desde la teoría, pero
de dudoso éxito tanto global como regional, si nos limitamos a un imparcial
empirismo histórico. Respecto de éstos, suelen ufanarse de ser insuperables en
el arte de la discusión dialéctica, cohibiendo frecuentemente a interlocutores no
dogmatizados o ajenos a esos ejercicios sofisticados del lenguaje. Al respecto
hay un libro de lectura imprescindible escrito por Arthur Schopenhauer que
lleva por título “Dialéctica erística o el arte de tener razón mediante 38
estratagemas”, basado en los “Tópicos de Aristóteles”. La obra contiene una
serie de apuntes en los que Schopenhauer recopiló treinta y ocho
“estratagemas”, “ardides”, “trucos” dialécticos, “argumentaciones desleales” o
“engañosas” utilizadas en las discusiones públicas, cuando uno de los
contrincantes desea que prevalezcan sus tesis u opiniones sobre las del
adversario, aun sabiendo que sus argumentos son mentirosos, absurdos o que no
tienen razón alguna en el asunto a discutir. Es el arte de discutir, pero
discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente.
Algunos de los 38 tópicos son éstos:
Proceder
"preguntando al adversario” para poder deducir de sus respuestas la verdad
de nuestra afirmación. No se está focalizado en conocer en profundidad el
pensamiento del otro, abierto a aceptar la eventualidad que la razón le acompaña,
sino a escuchar en función de poder refutar a partir de lo que el otro
argumenta.
Provocar la
irritación del adversario y hacerle montar en cólera para que se degrade su discurso
y la canalización ordenada de sus ideas; “sacarlo” de su centro. Este es el
aspecto que yo veo como central en esta gente soberbia e intolerante, y conecta
con otra estrategia que suele ser su consecuencia: cuando el adversario,
llevando de hecho razón, ha tenido la mala suerte de elegir para su defensa una
prueba inadecuada que podemos invalidar fácilmente, dando con eso todo el
asunto por refutado.
No establecer las
preguntas en el orden requerido por la conclusión a la que se desea llegar con
ellas, sino desordenadamente; el adversario no sabrá a dónde queremos ir.
Cuando hayamos
obtenido del adversario la concesión de una premisa que requeríamos, tenemos
que deducir la conclusión deseada no con más preguntas, sino concluyéndola inmediatamente
nosotros mismos.
Si inesperadamente
el adversario se muestra irritado ante un argumento, debe utilizarse tal argumento
con insistencia.
Finalmente está el
“manotazo de ahogado”: Cuando se advierte que el adversario es superior y se
tienen las de perder, se procede ofensiva, grosera y ultrajantemente. Volvemos
una vez más al tópico de intentar “sacar” al adversario.
Pablo Fernando Tomati