LA TENTACIÓN DE
BUSCAR ACEPTACIÓN
La vorágine de la
revolución nano tecnológica y de las comunicaciones nos ha sorprendido a la última
generación de la “Olivetti” en una mediana edad, que transcurrió su primera
mitad con tan solo un teléfono fijo, una tevé de cuatro canales (si vivías en
Buenos Aires) y visitas a bibliotecas y hemerotecas para recopilar información
del Mundo. Hoy, y por obra de esa fulminante sofisticación material de la
civilización, triunfadores en la vida junto a auto percibidos como fracasados
de la misma; casados con hijos, dos coches y viajes por el mundo una o dos
veces al año junto a solteros y/o solitarios –posicionados o en la lona-,
coinciden increíblemente en un mismo afán: ser aceptados, porque en el fondo se
saben inseguros, y conviven con el terror que provoca la posibilidad de quedar afuera
del universo social inmediato que los rodea. La línea entre estar dentro o
fuera del sistema es cada vez más delgada, y a diferencia de antaño, las
consecuencias de la caída son más onerosas. Las redes sociales –principalmente Facebook
e Instagram- se constituyen en el escenario donde peleamos por nuestra
aspiración a SER ACEPTADOS en esta sociedad que algunos critican, otros se
sienten a gusto, pero que nadie podría prescindir de ella.
Wayne W. Dyer en su
obra “Tus zonas erróneas” da en el blanco con este asunto, y transcribo:
Si tienes que ser alabado al costo de no declarar con
confianza lo que piensas y sientes en cualquier momento presente de tu vida,
sacrificas tu verdadera personalidad –tu “yo”- por las opiniones y
predilecciones de los demás. Cuesta enfrentar un rechazo o una censura y más fácil
adoptar un comportamiento que inspirará aprobación. Es una trampa peligrosa, y
una trampa difícil de evitar en nuestra sociedad.
Curiosamente, los relatos que condicionan la espontaneidad del pensamiento propio de un número significativo de personas provienen de segmentos minoritarios aunque de presencia intensa que arraigaron en las áreas dinámicas y centrales de la comunidad. Posiciones rupturistas, combativas e intransigentes con el sistema socio político cultural en el cual estamos inmersos. Hay una victoria cultural curiosa en países como el nuestro: a partir de tragedias de nuestro pasado reciente, se instalaron estigmatizaciones –lo burgués, lo oligarca, lo facho, lo gorila, el liberalismo travestido de conservadurismo de derecha- que consiguieron encriptar dimensiones de pensamientos ligados al pacifismo humanista, al liberalismo político económico soñado en sus raíces foráneas por gente como Locke, Hume, o Adam Smith, o en nuestro país por Alberdi, bien interpretado y promovido por personas como Alberto Benegas Lynch, y en general a posiciones reacias al populismo de inspiración inequívocamente fascistoide. El relato gendarme, que controla esas áreas tan caras a los espíritus sensibles, consigue la auto censura imprescindible para la pertenencia. Y entonces sobreviene la estafa: la renuncia a nuestro yo, a cambio de una careta complaciente sostenida con embustes o con silencio para lograr la aceptación de quienes controlan la portería, dictaminando lo que es el bien y lo que es el mal.
Pablo Fernando Tomati