En pleno viaje por una ruta, el padre miró el
espejo retrovisor e interrogó a su taciturno
hijo.
-Te veo pensativo. ¿En qué estás pensando?
-Desde el auto en movimiento los árboles, las
fincas, las anónimas personas, pasan
ante mi vista y me importan nada. Son árboles a
los cuales nunca me subiré, fincas
que nunca visitaré, personas que nunca conoceré.
Desde aquí arriba, solo son un
paisaje en movimiento, cosas que pasan monótonamente y
que desde mi lugar,
nacieron para esa función de breves instantes.
-Pareciera que el asunto te molesta de algún
modo.
-Sí, porque yo me considero importante, pero
para todos los que no me conocen,
soy lo mismo: un objeto en movimiento que integra el decorado para cada observa-
dor que lo contempla. Salvo quienes nos quieren, al
resto les importamos nada.
-La vida es una experiencia individual,
Lucio. Hay espacio para uno solo dentro
de
cada cuerpo, ningún otro puede vivir dentro tuyo.
Por eso, si vamos al caso, inclu-
so los que amas somos simple paisaje ante tus ojos.
De cómo veamos las cosas de
penderá el modo en que nos resulten. ¿Y si vieses a
cada árbol, a cada finca y a
cada persona como integrantes de tu mundo propio? Entonces
ya no serían meros
objetos sin valor. Al auto podría tener que detenerlo por un desperfecto mecánico;
en ese caso deberías pasar el tiempo trepando a ese manzano que está allí, o pedir
agua al dueño de esa
casita que ves detrás de ese sembradío, o conversar con el mu-
chacho que viene caminando al costado de la banquina. Son parte de ti,
como el
aire que respiras, inaprensible hasta que penetra en tus pulmones. Piensa en todo
el
aire del mundo que no llegarás a aspirar: no habrá sido necesario, pero sabrás que
siempre estuvo a tu disposición, porque estaba dado para ti. Y las manzanas, el agua,
los potenciales amigos. Los aventajados en el arte del buen vivir ven las cosas de ese
modo.
PABLO F. TOMATI
