jueves, 18 de diciembre de 2014

EL REAL VALOR DE LAS COSAS

En pleno viaje por una ruta, el padre miró el espejo retrovisor e interrogó a su taciturno
hijo.
-Te veo pensativo. ¿En qué estás pensando?
-Desde el auto en movimiento los árboles, las fincas, las anónimas personas, pasan
 ante mi vista y me importan nada. Son árboles a los cuales nunca me subiré, fincas
 que nunca visitaré, personas que nunca conoceré.  Desde aquí arriba, solo son un  
 paisaje en movimiento, cosas que pasan monótonamente y que desde mi lugar,
 nacieron para esa función de breves instantes.
-Pareciera que el asunto te molesta de algún modo.
-Sí, porque yo me considero importante, pero para todos los que no me conocen,
 soy lo mismo: un objeto en movimiento que integra el decorado para cada observa-
 dor que lo contempla.  Salvo quienes nos quieren, al resto les importamos nada. 
-La vida es una experiencia individual, Lucio.  Hay espacio para uno solo dentro de
 cada cuerpo, ningún otro puede vivir dentro tuyo.   Por eso, si vamos al caso, inclu-
 so los que amas somos simple paisaje ante tus ojos.  De cómo veamos las cosas de
 penderá el modo en que nos resulten.  ¿Y si vieses a cada árbol, a cada finca y a
 cada persona como integrantes de tu mundo propio?  Entonces ya no serían meros
 objetos sin valor.  Al auto podría tener que detenerlo por un desperfecto mecánico;
 en ese caso deberías pasar el tiempo trepando a ese manzano que está allí, o pedir
 agua al dueño de esa casita que ves detrás de ese sembradío, o conversar con el mu-
 chacho que viene caminando al costado de la banquina.  Son parte de ti, como el
 aire que respiras, inaprensible hasta que penetra en tus pulmones.  Piensa en todo el
 aire del mundo que no llegarás a aspirar: no habrá sido necesario, pero sabrás que
 siempre estuvo a tu disposición, porque estaba dado para ti. Y las manzanas, el agua,
 los potenciales amigos. Los aventajados en el arte del buen vivir ven las cosas de ese
 modo.
 
                                                                                                            PABLO F. TOMATI

sábado, 25 de octubre de 2014


EL TEMOR MÁS TEMIDO: ENAMORARSE

 

“Las plumas con más libertad que las lenguas suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma está encerrado; que muchas veces la presencia de la cosa amada turba y enmudece la intención más determinada y la lengua más atrevida”
                                                                                Miguel de Cervantes Saavedra

 
Don Quijote cae en permanentes devaneos por la idealizada Dulcinea del Toboso. Sancho lo mira y se pregunta, basado en la continua distorsión de la realidad que sufre su amo, qué tan ideal será la tal dama. Hasta que finalmente la identidad real de la amada le es confiada al “escudero”: se trata de Aldonza Lorenzo, una rústica mujer de campo tan femenina como Charles Bronson enojado. A partir de una persona de carne y hueso, el pobre Alfonso Quijano edifica un enorme artificio en materia de encantos y virtudes femeninas acorde a sus necesidades de altísimo amor platónico caballeresco.
Lo que conmueve en este caso, es que no hay ninguna ligazón espiritual entre el enamorado y el objeto de su amor (no podemos llamarla a ella enamorada porque no lo conoce).  Entonces El Quijote experimenta sentimientos en un plano mental, no en aquellos ligados al enamoramiento (las sensaciones del cuerpo, la aceleración cardíaca, la inapetencia, los sueños, la ansiedad, etc.).  Aquí no habrá un desafío, no habrá un riesgo, ningún camino que emprender porque no fue fijado un destino.

 Una enorme cantidad de parejas humanas se han ligado en base a este modus quijotesco, donde si bien hubo reciprocidad en los actores, al igual que en la obra cervantina también la construcción del vínculo fue a partir de la representación mental –con la imagen física como disparador- y no de la experimentación de los sentimientos más comprometidos y el conocimiento cabal del otro a niveles de profundidad abismal.

Pocos tienen la capacidad de percibir cómo es el otro y llegar a conocerlo sin necesidad de tamizarlo con muchos filtros. El mundo nos hace desconfiados, y en nuestro afán de preservarnos nos pasamos de rosca en el proceso de refinado para obtener la máxima pureza. Entonces cuando el otro exterioriza que “está listo”, uno sospecha que está movilizado por las pulsiones y no por las certezas de su corazón. Y reculamos.
Las vías para el conocimiento del otro son tan diversas como seres humanos hay en este mundo. La pluma, como dice Cervantes, “suele dar a entender”, PERO NO ALCANZA.  
Algunas mujeres se sienten Aldonzas Lorenzos, y si un caballero les declara su amor creen que está delirando, buscando algo fugaz o que es ciego. Y no se permiten sospechar que acaso el mozo ha visto lo suficiente dentro de ellas.  Algunos hombres por su parte se sienten Quijotes: pues no saben cómo hacerse deseables con tanto ropaje extravagante, que sólo les sirve para esconder aquello que temen mostrar: su interior.
                                                                                                    Pablo Fernando Tomati
 
                                                                                        

lunes, 29 de septiembre de 2014


LA PRUEBA Y EL ERROR

 

Querer explicar las cosas desde nuestra perspectiva. Algo más osado: creer que podre mos llegar a las certezas absolutas a partir de nuestra ciencia. Cuestiones que se derri ban con apenas una simple observación del entorno: cual pez en su pecera vidriada, nuestro límite es la esférica vastedad finita del Universo, con las leyes más o menos rebatibles que lo explican.

Es una reflexión muy atildada colegir que tanta belleza circundante sería una creación sin sentido sin nosotros para poder apreciarla (pues nuestros amigos animales pareciera que no cuentan con suficiente raciocinio para compartir nuestro arrobo). Entonces una y otra vez caemos en eso que tanto incomoda a los hombres de ciencia: “sólo Dios, un ente creador, etc. podría estar detrás de tanta maravilla, pues es difícil de aceptar el atribuirla a un azar, a  “una singularidad espaciotemporal de densidad infinita matemáti- ticamente paradójica” sin intervención volitiva creacionista.

Nuestras especulaciones “pez de pecera” también nos inducen a circunscribir el raciocinio a algo propio de un ser vivo evolucionado. “La conciencia es propia de una existencia orgánica”. El punto más alto de esta elucubración es concluir que la cadena de eventos en el contexto del Universo incluye generar la vida como vía para acceder a su propio autoconocimiento. La experiencia de los sentidos el Universo la practica a través nuestro, que somos en definitiva polvo interestelar que lo comprende.

La vida es rara, azarosa y escasa (de acuerdo a los parámetros espaciales), y el raciocinio es a la vida lo que la vida a la esfera cósmica: un insólito y misterioso privile- gio concedido a “cuentagotas”. ¿Y el sentido de nuestra vida? Tan luego que todo parece surgir a partir de un sinnúmero de casualidades, esa certeza abona otra que puede sonar desalentadora: la experiencia de la vida está permanentemente sujeta a un eterno ensayo de prueba y error: reino de dinosaurios- poco prácticos para un medioambiente planetario tan pequeño- meteorazo para exterminarlos- reino de mamíferos, interesantes para hacer evolucionar raciocinio, primeros homínidos – tremenda glaciación para poner punto caramelo a la raza homínida más adecuada para albergarlo – Homo Sapiens… y esta especie parece empecinada en crear “vida consciente artificial” (¡!)… ¡Aaaah!... este aspecto es el que no estamos analizando, ¿no? ¿Qué se trae entre manos ese bribón del “ente creador”, o esa creciente “autoconciencia” del Cosmos?

La evolución es una cadena de eventos que no se detiene, y definitivamente no reconoce imprescindibles. 

 

                                                                             Pablo Fernando Tomati

domingo, 27 de julio de 2014


NOSOTROS Y LA VERSIÓN QUE REFLEJAMOS

 
No lo olvidaré jamás. Fue hace 19 años. Un compañero de estudios, al mes y medio de compartir horas semanales de práctica procesal conmigo, me encara y me dice gélidamente: “Yo a vos no te trago. Me das mala vibra, cero onda”. Días después y en el mismo ámbito (Tribunales), en un ascensor sonrío a un bebé y la madre apartándolo de mi vista me dice: “No me lo mire, que me lo ojea”.  Fue entonces que comencé a desarrollar una de mis principales capacidades sensoriales: detectar a los que les caigo mal. Y vaya si me ha funcionado: con mujeres que me han gustado y verifiqué de inmediato su repulsa a mi persona, con compañeros de facultad, de trabajo, de actividades recreativas como un coro o una peña.  La antipatía es una reacción humana que surge espontáneamente y en pocos segundos; no es un proceso. La simpatía describe una inmediatez análoga, más allá que luego la atracción discontinúe por factores propios del comportamiento personal.

El detectómetro exige desarrollar otra capacidad: reconocer cuál es la versión nuestra que ven las demás personas. Cuando nos vemos en una filmación o nos escuchamos en una grabación es inevitable que reaccionemos con un “¿ése/a soy yo?”. Es que somos nuestra propia cámara filmadora y el parlante de nuestra voz, no somos receptores de nosotros mismos. Al vernos comprobamos que hablamos con una ligera torcedura labial, o abrimos mucho los ojos, o exageramos moviendo las manos, o nos juegan frecuentes malas pasadas las pronunciaciones, o en definitiva el conjunto de la expresión corporal resulta una descoordinación gestual. Entonces –a los varones hétero- la chica que encaramos o le hacemos sentir que nos interesa nos corta el paso con un ¡qué lindo debe ser tenerte de amigo! O ¡qué caballero sos!, y los varones que departen con uno no tardarán en saber qué pregunta hacer para incomodarnos y marcar así el territorio,  explicitando sea que ya hemos sepulta do el porvenir del fallido vínculo amoroso la una, o la integración a su núcleo el otro, por lo que generamos exteriormente.

No es casual entonces el auge de las relaciones a través del inerte teclado de una PC, Smartphone, etc. Lo que generamos por escrito es muy diferente a lo físico, y aunque parezca que lo primero es más fidedigno de lo que somos en esencia, no es tan así porque el grado de extroversión está potenciado por la impunidad que da la distancia física. Pero indudablemente la escritura es la mejor aliada del Hombre para describir nuestro interior. Y para quienes no tienen su dominio, hay recursos comunes a todas las especies como la mirada, la sonrisa y los gestos corporales más sutiles.

No podemos caerle bien a todo el mundo. Es verdad. Pero lo que da bronca e impotencia es que el prójimo se lleve una imagen errónea de lo que somos como personas en su compleja totalidad.

                                                                                                             

                                                                                                                        Pablo Fernando Tomati

domingo, 1 de junio de 2014

JUGAR CON LAS PALABRAS
 
   El frataslafa que componía Fidel Pintos en “Polémica en el Bar” se mantiene como un inderrocable rey de la sanata.  El inclasificable Federico Peralta Ramos, desde el programa televisivo de Tato Bores, nos deleitaba con su parloteo delirante.  Buena parte de las canciones de los Redonditos de Ricotta, casi todas las de Divididos (“Spaghetti del rock” a la cabeza), el discurso del recordado flaco Spinetta, Alfredo Casero tanto él como lo que hace, Favio Alberti, Diego Capussoto, Mex Urtizbe rea…  son algunos exponentes vernáculos del decir delirante o sin contenido… o del jugar con las palabras como arte.
 “Supercalifragilísticoextradelicioso”, un decir traducido de la inolvidable “Mary Poppins”, sirve como síntesis de este arte salido vaya uno a saber de dónde, que permitió hacerle ganar dinerillos a varios de los mencionados, y a miles en diversos países del orbe.  
   Mi experiencia personal con el delirio semántico se remonta a la época en que cursaba la secundaria.  Con un compañero de curso, disfrutábamos de nuestras pláticas disparatadas durante los tediosos recreos de diez minutos.  Sin pudor ante los tipos que pasaban a nuestro lado.
  Era muy disfrutable aquello, pero también cuando hablábamos en serio.  Acababa de llegar la democracia, y con Ricardo sostuve mis primeras charlas políticas, que terminaban en debates pues nuestras ideologías eran opuestas.  Siento un gran orgullo del adolescente que fui: para jugar con las palabras había que tener lectura, y para hablar de política, interés por trascender la bobería de la edad.  Pero así y todo, llevo en mi corazón una de mis mayores frustraciones: un por entonces emer gente periodista que venía del área deportiva llamado Nelson Castro, desde su programa “Convi vencia” que se emitía por Radio Municipal de la ciudad de Buenos Aires, dedicó una semana a tratar el tema de la vacuidad de los adolescentes, brindando su micrófono para el descargo de los mismos.  Invitado mi Colegio, fuimos un grupito a representarlo.  Nuestro papel fue lastimoso, y cuando tuve la palabra, toda mi lectura, mi cultura general, mi condición de joven no superficial se esfumaron y transmití un personaje mediocre, corto de palabra y sin nada que decir.  El pánico escénico, que le dicen.  El no haber podido expresarme hizo que Castro se llevara un erróneo concepto de mi persona.  Aprendí que el qué y el cómo decir es fundamental para hacernos conocer.  Pensaba en el arte de jugar con las palabras y me hago una pregunta: ¿Expresamos algo, cuando supuestamente decimos nada?    

lunes, 24 de febrero de 2014

domingo, 23 de febrero de 2014

EL ALBEDRÍO INDUCIDO

   Una conocida parábola refiere de un elefante criado desde su nacimiento en un recinto abierto en plena selva; la noble bestia llevaba un grillete ajustado a su pata delantera derecha que enganchaba una cadena de 100 metros de longitud fijada en el otro extremo a una estaca firmemente clavada al suelo, lo cual le impedía andar más allá de ese perímetro.  Ya adulto, una noche fue sedado y se le retiró el grillete: el elefante liberado, sin embargo jamás se alejaría más allá de los 100 metros del recinto.
  Cierto número de personas en este mundo (un núcleo de privilegiados, unos mil millo nes de entre miles de millones de seres humanos) son dueños de libre albedrío. Aún con algunos condicionantes,  obran libremente según su entera voluntad, gozan de libertad de elección.  El resto es el elefante liberado; cree que la libertad disponible se mantiene inalterable desde el día de su nacimiento, ignorando que algo externo a él le puso cadenas durante su desarrollo para inducirle la conveniente noción del alcance de su albedrío.  Dejemos de lado los pueblos oprimidos, cuasi esclavizados por férreas autocracias, dictaduras o reinados teocráticos. El hommo urbanis occidental, el tipo de calle, en su mayoría es un manojo de inducciones, de adoctrinamientos adquiridos, aprehendidos e incorporados al torrente sanguíneo. Están los dogmáticos fanatizados, cuya razón está irremediablemente condenada a la atadura de su cadena intelectual, en segundo lugar los prosélitos de doctrinas por lo general heredadas de sus mayores, que impermeabilizan oídos, cautivando el criterio para refrendar con su voto el canto a la lealtad, y por último una minoría que no se casa con nada, que revé su pensamiento, lo corrige cuando voces ajenas le hacen notar su equivocación en un parecer, y reconoce que cada corriente de opinión tiene sus héroes y sus muertos escondidos en el placar. ¿Cuál tercio suena a liberado de ataduras?
   Pero más allá de cómo se vincula cada uno con su pensamiento, están los modos.   No se trata en definitiva de la posición ideológica que defiende, sino el modo errado en que la porta y la confronta ante la del prójimo. Como cuando descalifica, pone motes,  o intenta hacerle entender al otro que lo que piensa carece de sustentos argumentativos de valía. Hay dos nociones que debieran estar vedadas por completo al Hombre en el presente estadio de su evolución: Dios y la Verdad. Son abstracciones destinadas a poner en ridículo a sus abanderados fervorosos.
   El modo en que una persona se conduce en la vida nos da la pauta de su grado de libertad interior.