domingo, 27 de julio de 2014


NOSOTROS Y LA VERSIÓN QUE REFLEJAMOS

 
No lo olvidaré jamás. Fue hace 19 años. Un compañero de estudios, al mes y medio de compartir horas semanales de práctica procesal conmigo, me encara y me dice gélidamente: “Yo a vos no te trago. Me das mala vibra, cero onda”. Días después y en el mismo ámbito (Tribunales), en un ascensor sonrío a un bebé y la madre apartándolo de mi vista me dice: “No me lo mire, que me lo ojea”.  Fue entonces que comencé a desarrollar una de mis principales capacidades sensoriales: detectar a los que les caigo mal. Y vaya si me ha funcionado: con mujeres que me han gustado y verifiqué de inmediato su repulsa a mi persona, con compañeros de facultad, de trabajo, de actividades recreativas como un coro o una peña.  La antipatía es una reacción humana que surge espontáneamente y en pocos segundos; no es un proceso. La simpatía describe una inmediatez análoga, más allá que luego la atracción discontinúe por factores propios del comportamiento personal.

El detectómetro exige desarrollar otra capacidad: reconocer cuál es la versión nuestra que ven las demás personas. Cuando nos vemos en una filmación o nos escuchamos en una grabación es inevitable que reaccionemos con un “¿ése/a soy yo?”. Es que somos nuestra propia cámara filmadora y el parlante de nuestra voz, no somos receptores de nosotros mismos. Al vernos comprobamos que hablamos con una ligera torcedura labial, o abrimos mucho los ojos, o exageramos moviendo las manos, o nos juegan frecuentes malas pasadas las pronunciaciones, o en definitiva el conjunto de la expresión corporal resulta una descoordinación gestual. Entonces –a los varones hétero- la chica que encaramos o le hacemos sentir que nos interesa nos corta el paso con un ¡qué lindo debe ser tenerte de amigo! O ¡qué caballero sos!, y los varones que departen con uno no tardarán en saber qué pregunta hacer para incomodarnos y marcar así el territorio,  explicitando sea que ya hemos sepulta do el porvenir del fallido vínculo amoroso la una, o la integración a su núcleo el otro, por lo que generamos exteriormente.

No es casual entonces el auge de las relaciones a través del inerte teclado de una PC, Smartphone, etc. Lo que generamos por escrito es muy diferente a lo físico, y aunque parezca que lo primero es más fidedigno de lo que somos en esencia, no es tan así porque el grado de extroversión está potenciado por la impunidad que da la distancia física. Pero indudablemente la escritura es la mejor aliada del Hombre para describir nuestro interior. Y para quienes no tienen su dominio, hay recursos comunes a todas las especies como la mirada, la sonrisa y los gestos corporales más sutiles.

No podemos caerle bien a todo el mundo. Es verdad. Pero lo que da bronca e impotencia es que el prójimo se lleve una imagen errónea de lo que somos como personas en su compleja totalidad.

                                                                                                             

                                                                                                                        Pablo Fernando Tomati

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