La historia corta son los siete días de la
creación del mundo, incluido el Hombre. La más larga y
plausible habla de un lento y paciente proceso que incluyó lluvias de
meteoritos portando valiosos aminoácidos y otras moléculas orgánicas
indispensables para plantar vida en el joven y entonces incandescente planeta.
Sin caer en el terreno de la filosofía y la metafísica, podríamos atrevernos a
decir que de darse un proceso evolu tivo análogo al terrícola en otras regiones
cósmicas, desencadenante de vida superior orgánica portadora de raciocinio,
probablemente tal especie construiría la noción de existencia de uno o
pluralidad de entes superiores, “divinos”.
La teología, la imposición del dogma, la construcción de una religión,
corrompen esa noción primitiva, eminente mente intuitiva antes que racional. Es muy interesante observar el vínculo que
los pueblos originarios construyen con las entidades ultraterrenas en las
cuales creen. Algunos incluso (sitos en el Matto Grosso), elevan sus ojos a las
estrellas y si se les consulta responden que “se comunican con la mente con los
hermanos que viven de ese otro lado”. Acaso señalo tal cosa porque ciertas
cuestiones no son abordables con el puro intelecto racional, el cual muchas
veces no da respuestas por incapacidad.
El valioso aporte de la ciencia ha permitido
remover mitos y creencias que eran funcionales al sometimiento de masas, al
estancamiento existencial de la especie o al mantenimiento de la barbarie. Los
pueblos originarios relegados de las bondades de la ciencia, han sido víctimas
directas o indirec- tas de lo que ella misma ha producido a su consecuencia, en
una proporción mayor a la que su estadio “primitivo” le ocasionaba. Suena extraño y
contradictorio esto. Veamos un ejemplo: gracias a la cien- cia podemos curar
enfermedades de personas que antes de la llegada de los portadores de ciencia
científica no padecían.
La incidencia que la creencia tiene en la
calidad de vida de un indígena es diametralmente diferente a la de un
integrante de la “aldea global” tecnificada. Es decir, el pobla- dor
“aventajado” no soluciona los problemas que el “primitivo” con mucho gusto
acepta que le solucionen, pero se escandaliza con creencias que al “primitivo”
le compensa el cuerpo y el espíritu ante esas calamidades que le eran ajenas
hace 521 años. Si han sobrevivido cinco siglos sin asistencia, padeciendo
pestes foráneas, invasiones y marginación, es gracias a la cohesión a partir de
la comunión con fuerzas que no entendemos, y que hemos concebido en nuestra
cultura a partir de creaciones literarias y pictóricas que inflamaron leyendas
o historias menores. La prueba que vivimos en la superficialidad alentada por
un ateísmo tan funcional al poder dominador como lo son los teocráticos de
Estado, es que a nosotros lo que nos sostiene en nuestra vida diaria son los
soportes tecnológicos, en un grado abismalmente superior a las experiencias del
espíritu. Un Papa, hoy, más que un vehículo para ir hacia algún lugar
espiritual, es un referente social mediático. Pero restamos méritos a un yatiri
aimara o una machi mapuche.
El Hombre tiene un saludable impulso: buscar
siempre respuestas, no quedarse con lo aprendido e ir por más. Hay no obstante
un empeño, una “cruzada” si se permite la expresión en el contexto del presente
pasaje, que suena más a obstinación que a la sana investigación: procurar
demostrar la no existencia de aquello que constituyó su primera certeza como
especie. Es una nota de arrogancia y torpeza: no todo se obtiene usando la
cabeza.
El derrotero de los pueblos navega a merced
de sus condicionantes geográficos. Está claro que la evolución va hermanada con
la superación, y que ésta es necesaria para sobrevivir a los obstáculos, que
inicialmente se presentan como insalvables. El estado de opulencia –que se
verifica cuando la tierra es generosa en dones para con sus criaturas, y el
clima permanece amistoso- torna innecesaria la revolución, la rebeldía que
impulsa a querer cambiar el sino. ¿Cuál
es la meta más anhelante de la especie humana?: La felicidad. El inconformismo motoriza el progreso, el
premio del progreso es el acceso al placer… ¿dónde aparece la felicidad en tal
fotografía? El primitivo, carente de todo (en apariencia), disfrutaba del
estado por el cual nos afanamos quienes tanto progreso científico y tecnológico
hemos alcanzado, porque habían quedado estacionados en el punto de partida que
para los otros se constituyó en el inalcanzable punto de llegada.
Resulta que los primeros homínidos
superiores perseguían a la presa con una lanza corta; rara vez le daban
alcance. Optaron por –valga la redundancia- “lanzarla”. La distancia alcanzada
y la velocidad del objeto consiguieron mejores resultados, pero se podía
mejorar aún más. Y así nació la flecha, más rápida, veloz y certera para hacer
blanco. El modo como el civilizado busca la felicidad remite a la lanza de
mano; los aborígenes de antaño eran la flecha. El Hombre fatiga a su planeta;
se hará necesario emigrar al espacio para recrear lo que originariamente tenía;
en otro plano, busca escrutando las estrellas con radares y telescopios señales
de vida inteligente, y lo loco es que esa vía TAMBIEN ES LA LANZA DE MANO. En
esa búsqueda, los pueblos origi narios tenían a su disposición… LA FLECHA. Pero
somos demasiado arrogantes para “hacernos amigos” de ellos. El primer capítulo
para buscar ese tipo de respuestas no es mirando al cielo, sino hacia lo que
nos sostiene y mantiene: la tierra.
(De libro de mi autoría próximo a publicar)


