sábado, 19 de octubre de 2013

EL HOMBRE ES TIERRA QUE ANDA (anónimo kolla)

   La historia corta son los siete días de la creación del mundo, incluido el Hombre. La más larga y plausible habla de un lento y paciente proceso que incluyó lluvias de meteoritos portando valiosos aminoácidos y otras moléculas orgánicas indispensables para plantar vida en el joven y entonces incandescente planeta. Sin caer en el terreno de la filosofía y la metafísica, podríamos atrevernos a decir que de darse un proceso evolu tivo análogo al terrícola en otras regiones cósmicas, desencadenante de vida superior orgánica portadora de raciocinio, probablemente tal especie construiría la noción de existencia de uno o pluralidad de entes superiores, “divinos”.  La teología, la imposición del dogma, la construcción de una religión, corrompen esa noción primitiva, eminente mente intuitiva antes que racional.  Es muy interesante observar el vínculo que los pueblos originarios construyen con las entidades ultraterrenas en las cuales creen. Algunos incluso (sitos en el Matto Grosso), elevan sus ojos a las estrellas y si se les consulta responden que “se comunican con la mente con los hermanos que viven de ese otro lado”. Acaso señalo tal cosa porque ciertas cuestiones no son abordables con el puro intelecto racional, el cual muchas veces no da respuestas por incapacidad.
   El valioso aporte de la ciencia ha permitido remover mitos y creencias que eran funcionales al sometimiento de masas, al estancamiento existencial de la especie o al mantenimiento de la barbarie. Los pueblos originarios relegados de las bondades de la ciencia, han sido víctimas directas o indirec- tas de lo que ella misma ha producido a su consecuencia, en una proporción mayor a la que su estadio “primitivo” le ocasionaba. Suena extraño y contradictorio esto. Veamos un ejemplo: gracias a la cien- cia podemos curar enfermedades de personas que antes de la llegada de los portadores de ciencia científica no padecían.

   La incidencia que la creencia tiene en la calidad de vida de un indígena es diametralmente diferente a la de un integrante de la “aldea global” tecnificada. Es decir, el pobla- dor “aventajado” no soluciona los problemas que el “primitivo” con mucho gusto acepta que le solucionen, pero se escandaliza con creencias que al “primitivo” le compensa el cuerpo y el espíritu ante esas calamidades que le eran ajenas hace 521 años. Si han sobrevivido cinco siglos sin asistencia, padeciendo pestes foráneas, invasiones y marginación, es gracias a la cohesión a partir de la comunión con fuerzas que no entendemos, y que hemos concebido en nuestra cultura a partir de creaciones literarias y pictóricas que inflamaron leyendas o historias menores. La prueba que vivimos en la superficialidad alentada por un ateísmo tan funcional al poder dominador como lo son los teocráticos de Estado, es que a nosotros lo que nos sostiene en nuestra vida diaria son los soportes tecnológicos, en un grado abismalmente superior a las experiencias del espíritu. Un Papa, hoy, más que un vehículo para ir hacia algún lugar espiritual, es un referente social mediático. Pero restamos méritos a un yatiri aimara o una machi mapuche.
   El Hombre tiene un saludable impulso: buscar siempre respuestas, no quedarse con lo aprendido e ir por más. Hay no obstante un empeño, una “cruzada” si se permite la expresión en el contexto del presente pasaje, que suena más a obstinación que a la sana investigación: procurar demostrar la no existencia de aquello que constituyó su primera certeza como especie. Es una nota de arrogancia y torpeza: no todo se obtiene usando la cabeza.
   El derrotero de los pueblos navega a merced de sus condicionantes geográficos. Está claro que la evolución va hermanada con la superación, y que ésta es necesaria para sobrevivir a los obstáculos, que inicialmente se presentan como insalvables. El estado de opulencia –que se verifica cuando la tierra es generosa en dones para con sus criaturas, y el clima permanece amistoso- torna innecesaria la revolución, la rebeldía que impulsa a querer cambiar el sino.  ¿Cuál es la meta más anhelante de la especie humana?: La felicidad.  El inconformismo motoriza el progreso, el premio del progreso es el acceso al placer… ¿dónde aparece la felicidad en tal fotografía? El primitivo, carente de todo (en apariencia), disfrutaba del estado por el cual nos afanamos quienes tanto progreso científico y tecnológico hemos alcanzado, porque habían quedado estacionados en el punto de partida que para los otros se constituyó en el inalcanzable punto de llegada.

   Resulta que los primeros homínidos superiores perseguían a la presa con una lanza corta; rara vez le daban alcance. Optaron por –valga la redundancia- “lanzarla”. La distancia alcanzada y la velocidad del objeto consiguieron mejores resultados, pero se podía mejorar aún más. Y así nació la flecha, más rápida, veloz y certera para hacer blanco. El modo como el civilizado busca la felicidad remite a la lanza de mano; los aborígenes de antaño eran la flecha. El Hombre fatiga a su planeta; se hará necesario emigrar al espacio para recrear lo que originariamente tenía; en otro plano, busca escrutando las estrellas con radares y telescopios señales de vida inteligente, y lo loco es que esa vía TAMBIEN ES LA LANZA DE MANO. En esa búsqueda, los pueblos origi narios tenían a su disposición… LA FLECHA. Pero somos demasiado arrogantes para “hacernos amigos” de ellos. El primer capítulo para buscar ese tipo de respuestas no es mirando al cielo, sino hacia lo que nos sostiene y mantiene: la tierra.
                                                                     
(De libro de mi autoría próximo a publicar)

sábado, 10 de agosto de 2013

FRANCISCO: CUSTODIAR EL DOGMA O EL OBRAR POR EL BIEN DE LA HUMANIDAD


 El antiguo gnosticismo enseñaba que Dios era un eón dueño del tiempo eterno; que el ámbito primordial era el Pleroma (conjunto de eones); que el demonio era un eón caído, llamado “Demiurgo”. Siguiendo el curso de este razonamiento, los eones están compuestos de pneuma (espíritu), la sustancia que hace que algo sea un ser y no un elemento. En este punto, Demiurgo es el creador del Universo contenedor de seres vivos orgánicos, y en su desafío al gran Eón extrajo pneuma del ámbito primordial del Pleroma para alimentar ese universo. El Hombre tiene pneuma; cada individuo porta una infinita mínima porción de ese pneuma hurtado; cada persona que alcanza el alto grado espiritual –pneumático-, al dejar su existencia física retorna con su pneuma al ámbito primordial, y ese hecho supone una mutilación al universo demiúrgico, pues se le birla esa partícula de pneuma que retorna a su sitio original. Las categorías de individuos que son funcionales al plan de Demiurgo son los materiales o hílicos (los materialistas, agnósticos, ateos, hedonistas, concupiscentes, etc.) y los animales o psíquicos (en mayor contacto con su alma, pero cómodos en su mundo terrenal, existencialistas, esclavos de sus ideologías y sus verdades), pues en ambas categorías el pneuma permanece retenido en el ámbito universal demiúrgico, y vaga en búsqueda de nuevos huéspedes. La tercera categoría -los espirituales- son los que al morir, por su vida consagrada a la ataraxia y la meditación, regresan al ámbito primordial del Pleroma.

Los papas tienen en cuenta la doctrina cátara, y son atentos lectores del material referente a los gnósticos “cultos” como Satornil, Basílides, Marción y Valentín, y los vulgares como Simón el Mago, Cerinto, Meneandro, Carpócrates y Bardesanes, claro que jamás lo confesarán en público ni harán referencia alguna a lo expresado precedentemente. El enorme contenido del conocimiento debe ceñirse a un minúsculo lote de oraciones para llegar a los oídos de las masas acostumbradas más a los gestos que a las ideas. De ahí las parábolas de Jesucristo: en vez de citar a Isaías, contaba cuentitos para que los mensajes de fondo fuesen aprehendidos por las almas humildes. El buen profeta sabe que su figura será corrompida por la fábula y la mistificación, por eso la clave de su ministerio es hacer perdurar las enseñanzas, pues éstas son las verdaderas "piedras" de sus templos. El Dogma simplificó la concepción cátara, y el Pleroma pasó a ser el Paraíso que antaño era llamado Empíreo, los eones las entidades superiores o ángeles, el pneuma el alma y Demiurgo el Demonio. La columna vertebral de las religiones, con sus matices ,es este esquema. El dios severo de los Testamentos judeo cristianos es en realidad el demonio; el dios invocado en los templos está muy lejos del escenario universal, es indescriptible, por eso todo parte de un enorme equívoco. Amonestar, premiar y castigar, son funciones claramente demoníacas, ajenas al Ser total del amor. Mas la cosa se salió de cauce, y ahora con un mundo tan evolucionado y complejo, urge reinterpretar todo desde cero. Es torpe abordar la identificación de esa noción arbitraria llamada Dios si no se empieza por elevar al Hombre hacia una nueva dimensión existencial. Es como el punto estampado en el papel: no puede concebir lo que es la altura, una dimensión que le es ajena; o si se quiere, la tan mentada alegoría de la caverna y las sombras de objetos y personas exteriores imposibles de imaginar por quienes nunca habían salido de ese sitio.

Se dice que Francisco sólo será trascendente si logra que se puedan casar los curas, se acepte el matrimonio gay, se bendigan los condones y los abortos y se pulverice el aparato financiero del Vaticano. Francisco dijo "No sólo hay que pedir y agradecer; hay que adorar a Dios". Una devoción direccionada a un sujeto es inaceptable en la civilización donde gobiernan los agnósticos; una entidad que exige ser amada y que se tenga fe en que existe para formar parte de su club es inconcebible en el mundo donde sólo existe lo que se ve o sobre lo cual hay evidencia científica. Y donde se impone la especie que la Religión es un ingenioso sistema de dominación de masas para beneficio de las clases dirigentes y una clerecía corrupta.

El advenimiento de Francisco es visto como el anuncio de una vuelta a la Edad Media, al oscurantismo. Asusta la perspectiva que este hombre que habla del demonio atraerá multitudes. El cumplimiento de los consejos esenciales de Cristo, ¿a quiénes vendrían a beneficiar y a quiénes perjudicar? La religión fue el combustible o el bálsamo para los sabios de la ciencia -cito sólo como minúsculo ejemplo a Blas Pascal-, pues al Homo Sapiens se le inculcó la rebeldía y las ansias de saber, pero también la espiritualidad. Este es el aspecto que habría que atender. Al mismo tiempo, la religión cumplió también el rol de cohesionar comunidades en ciertas reglas morales para que no descarrilaran y se desmadraran; los templos fueron el único refugio de los textos, que salvaron para los tiempos el saber antiguo. Sin las islas de civilización que fueron los templos no hubiese surgido el Renacimiento. Francisco procurará hacernos retornar a los valores primigenios, aquellos que nos hacían vivir en armonía con el medio ambiente y el respeto por todas las criaturas de la creación, intercederá para desterrar el odio y aquello del "Hombre lobo del Hombre", y hará uso de su condición de líder de multitudes para condicionar la omnipotencia de los gobiernos y las corporaciones dominantes. El mayor desafío de cualquier líder religioso debe focalizarse en librar al planeta del flagelo que curiosamente es la razón de ser de la Iglesia: la pobreza. "Quiero una Iglesia de pobres" dice Francisco. "¡Ay!, cómo quiero una Iglesia para los pobres". El tortuoso camino hacia el descubrimiento de lo que es Dios exige un mundo sin pobreza y gente bruta; si el buen pastor realmente lo es, no se quedará sosteniendo su Institución sobre la base de la pobreza clientelar, limitándose a aliviar las penurias, sino que luchará por erradicar la miseria, y de paso el odio, las iniquidades y la intolerancia. Por ahí se analizan los éxitos o fracasos de un ministerio.

martes, 11 de junio de 2013


Cuando vemos en un documental el comportamiento de las diversas especies, incorporamos inconscientemente la noción que ninguna de esas especies ataca y da muerte a sus congéneres por razones ajenas a la autodefensa. Incluso cuando un documental aborda la evolución de los primeros homínidos, observamos conmovidos la fragilidad de esas minúsculas comunidades y sobrentendemos lo inadmisible que alguno de sus miembros no ya ejecutara, sino siquiera abonara la intención de dar muerte a uno de los suyos, aun tratándose de un desconocido. Una curiosa evolución transformó en tiempo récord a una especie animal mamífera en un ser dotado de raciocinio y portentoso poder de modificar su entorno y su destino. Dadas así las cosas, un observador inteligente ajeno al mundo que habitamos tendría el legítimo criterio de sobrentender que tal criatura con más razón debiera tener vedado el instinto asesino.
Una criatura evolucionada, el E.T. prototípico concebido por la literatura y el cine, de seguro ha prescindido de tan abyecto instinto quizá desde sus orígenes mismos, o acaso en un remoto momento crucial de su existencia. Puesta en la desdichada tarea de estudiar al Homo Sapiens a partir de su cosmovisión, ¿cuál sería su reacción al contemplar a un individuo humano ultimar impunemente a un congénere indefenso? Las personas que tenemos inhibido el instinto asesino no encontramos ningún animal plausible moralmente de ser suprimido por tratarse de un espécimen maldito que disfruta eliminando a sus iguales. Lavamos nuestras culpas respecto de dar muerte a ciertos animales, cuando el acto es necesario para procurarnos alimentos o protegernos de plagas que afectan nuestra existencia. Pero el cazador que no destina su presa para alimento o el pescador deportivo que no devuelve la pieza viva a su elemento se encuentra en un estadio moral equivalente al de un criminal, porque el atávico mandato del "no matarás" excede al colectivo humano. Toda existencia es sagrada per se.

El acto de la muerte violenta ingresa en nuestros hogares por los medios audiovisuales en formato informativo o de entretenimiento. Si, la mayoría de nosotros contemplamos la sangre derramada con espanto cuando es real, pero nos divierte cuando está contenida en el envase de un supuesto entretenimiento. Ese permiso que nos damos nos devuelve a nuestra condición de especie miserable, porque confronta la inhibición generada por nuestra estructura mental con un instinto que persiste instalado en nuestro hipotálamo. Al espectáculo sangriento generado en el Circo Romano lo hemos sublimado ante la pantalla chica o grande.

No califica a nuestra especie ningún logro tecnológico, ninguna obra de arte excelsa, ninguna Madre Teresa, Einstein o Confucio, sino el hecho que somos criaturas que en cualquier momento pueden dar muerte a un igual, y/o destruir su planeta a partir de un comportamiento con el medio ambiente reñido con la lógica y el sentido común. Así es como se ordenan los rangos en el club de las especies superiores, y tales no son necesariamente las que viajan en naves interestelares o dominan la técnica del viaje temporal o dimensional, sino las que desconocen enteramente lo que es matar y dañar su contexto existencial.

domingo, 9 de junio de 2013

A propósito de Videla y otros como él



El ser humano tiende a juzgar a otros con caracterizaciones ajenas a la condición humana misma, y con ligereza usa adjetivos como "monstruo", "chacal", etc. para calificar a individuos como Hitler o Videla. Cada vez que un espécimen humano se conduce fuera de los límites de lo universalmente considerado como aceptable, se produce un hecho que nos interpela al resto de los componentes de la especie que somos. Todos tenemos monstruos dentro, a los cuales dependiendo de la clase de tipos que pudimos llegar a ser, logramos dominar con mayor o menor diligencia. El agua mineral contenida en un vaso es pura si no ha penetrado en él ninguna gota de agua cloacal. Una gota de agua pura puesta en un vaso con agua servida no altera su condición de no consumible. Lo que nos define como especie es cuán lejos pudo ser capaz de llegar alguno/s de sus individuos traspasando aquellos límites, porque en la potencialidad de perversión se define a la especie completa, así como a ese vaso ya no podemos considerarlo potable para ser bebido. Mal que nos pese. Y a hacerse cargo colectivamente, que le vamos a hacer, y que no se enojen los nano cúbicos de agua pura de este vaso “S. Sapiens”.

                                               Pablo Fernando Tomati, sábado 18 de mayo de 2013