martes, 11 de junio de 2013


Cuando vemos en un documental el comportamiento de las diversas especies, incorporamos inconscientemente la noción que ninguna de esas especies ataca y da muerte a sus congéneres por razones ajenas a la autodefensa. Incluso cuando un documental aborda la evolución de los primeros homínidos, observamos conmovidos la fragilidad de esas minúsculas comunidades y sobrentendemos lo inadmisible que alguno de sus miembros no ya ejecutara, sino siquiera abonara la intención de dar muerte a uno de los suyos, aun tratándose de un desconocido. Una curiosa evolución transformó en tiempo récord a una especie animal mamífera en un ser dotado de raciocinio y portentoso poder de modificar su entorno y su destino. Dadas así las cosas, un observador inteligente ajeno al mundo que habitamos tendría el legítimo criterio de sobrentender que tal criatura con más razón debiera tener vedado el instinto asesino.
Una criatura evolucionada, el E.T. prototípico concebido por la literatura y el cine, de seguro ha prescindido de tan abyecto instinto quizá desde sus orígenes mismos, o acaso en un remoto momento crucial de su existencia. Puesta en la desdichada tarea de estudiar al Homo Sapiens a partir de su cosmovisión, ¿cuál sería su reacción al contemplar a un individuo humano ultimar impunemente a un congénere indefenso? Las personas que tenemos inhibido el instinto asesino no encontramos ningún animal plausible moralmente de ser suprimido por tratarse de un espécimen maldito que disfruta eliminando a sus iguales. Lavamos nuestras culpas respecto de dar muerte a ciertos animales, cuando el acto es necesario para procurarnos alimentos o protegernos de plagas que afectan nuestra existencia. Pero el cazador que no destina su presa para alimento o el pescador deportivo que no devuelve la pieza viva a su elemento se encuentra en un estadio moral equivalente al de un criminal, porque el atávico mandato del "no matarás" excede al colectivo humano. Toda existencia es sagrada per se.

El acto de la muerte violenta ingresa en nuestros hogares por los medios audiovisuales en formato informativo o de entretenimiento. Si, la mayoría de nosotros contemplamos la sangre derramada con espanto cuando es real, pero nos divierte cuando está contenida en el envase de un supuesto entretenimiento. Ese permiso que nos damos nos devuelve a nuestra condición de especie miserable, porque confronta la inhibición generada por nuestra estructura mental con un instinto que persiste instalado en nuestro hipotálamo. Al espectáculo sangriento generado en el Circo Romano lo hemos sublimado ante la pantalla chica o grande.

No califica a nuestra especie ningún logro tecnológico, ninguna obra de arte excelsa, ninguna Madre Teresa, Einstein o Confucio, sino el hecho que somos criaturas que en cualquier momento pueden dar muerte a un igual, y/o destruir su planeta a partir de un comportamiento con el medio ambiente reñido con la lógica y el sentido común. Así es como se ordenan los rangos en el club de las especies superiores, y tales no son necesariamente las que viajan en naves interestelares o dominan la técnica del viaje temporal o dimensional, sino las que desconocen enteramente lo que es matar y dañar su contexto existencial.

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