NOSOTROS Y LA
VERSIÓN QUE REFLEJAMOS
No lo olvidaré
jamás. Fue hace 19 años. Un compañero de estudios, al mes y medio de compartir
horas semanales de práctica procesal conmigo, me encara y me dice gélidamente: “Yo
a vos no te trago. Me das mala vibra, cero onda”. Días después y en el mismo
ámbito (Tribunales), en un ascensor sonrío a un bebé y la madre apartándolo de
mi vista me dice: “No me lo mire, que me lo ojea”. Fue entonces que comencé a desarrollar una de
mis principales capacidades sensoriales: detectar a los que les caigo mal. Y
vaya si me ha funcionado: con mujeres que me han gustado y verifiqué de
inmediato su repulsa a mi persona, con compañeros de facultad, de trabajo, de
actividades recreativas como un coro o una peña. La antipatía es una reacción humana que surge
espontáneamente y en pocos segundos; no es un proceso. La simpatía describe
una inmediatez análoga, más allá que luego la atracción discontinúe por
factores propios del comportamiento personal.
El detectómetro
exige desarrollar otra capacidad: reconocer cuál es la versión nuestra que ven
las demás personas. Cuando nos vemos en una filmación o nos escuchamos en una
grabación es inevitable que reaccionemos con un “¿ése/a soy yo?”. Es que somos
nuestra propia cámara filmadora y el parlante de nuestra voz, no somos
receptores de nosotros mismos. Al vernos comprobamos que hablamos con una
ligera torcedura labial, o abrimos mucho los ojos, o exageramos moviendo las
manos, o nos juegan frecuentes malas pasadas las pronunciaciones, o en
definitiva el conjunto de la expresión corporal resulta una descoordinación
gestual. Entonces –a los varones hétero- la chica que encaramos o le hacemos sentir
que nos interesa nos corta el paso con un ¡qué lindo debe ser tenerte de amigo!
O ¡qué caballero sos!, y los varones que departen con uno no tardarán en saber
qué pregunta hacer para incomodarnos y marcar así el territorio, explicitando sea que ya hemos sepulta do el
porvenir del fallido vínculo amoroso la una, o la integración a su núcleo el
otro, por lo que generamos exteriormente.
No es casual
entonces el auge de las relaciones a través del inerte teclado de una PC, Smartphone,
etc. Lo que generamos por escrito es muy diferente a lo físico, y aunque parezca que lo primero es más fidedigno de lo que somos en esencia, no es tan así
porque el grado de extroversión está potenciado por la impunidad que da la
distancia física. Pero indudablemente la escritura es la mejor aliada del
Hombre para describir nuestro interior. Y para quienes no tienen su dominio,
hay recursos comunes a todas las especies como la mirada, la sonrisa y los
gestos corporales más sutiles.
No podemos caerle bien a todo el mundo. Es verdad. Pero
lo que da bronca e impotencia es que el prójimo se lleve una imagen errónea de
lo que somos como personas en su compleja totalidad.
Pablo
Fernando Tomati