martes, 12 de diciembre de 2017


LA TENTACIÓN DE BUSCAR ACEPTACIÓN

La vorágine de la revolución nano tecnológica y de las comunicaciones nos ha sorprendido a la última generación de la “Olivetti” en una mediana edad, que transcurrió su primera mitad con tan solo un teléfono fijo, una tevé de cuatro canales (si vivías en Buenos Aires) y visitas a bibliotecas y hemerotecas para recopilar información del Mundo. Hoy, y por obra de esa fulminante sofisticación material de la civilización, triunfadores en la vida junto a auto percibidos como fracasados de la misma; casados con hijos, dos coches y viajes por el mundo una o dos veces al año junto a solteros y/o solitarios –posicionados o en la lona-, coinciden increíblemente en un mismo afán: ser aceptados, porque en el fondo se saben inseguros, y conviven con el terror que provoca la posibilidad de quedar afuera del universo social inmediato que los rodea. La línea entre estar dentro o fuera del sistema es cada vez más delgada, y a diferencia de antaño, las consecuencias de la caída son más onerosas. Las redes sociales –principalmente Facebook e Instagram- se constituyen en el escenario donde peleamos por nuestra aspiración a SER ACEPTADOS en esta sociedad que algunos critican, otros se sienten a gusto, pero que nadie podría prescindir de ella.
Wayne W. Dyer en su obra “Tus zonas erróneas” da en el blanco con este asunto, y transcribo:
Si tienes que ser alabado al costo de no declarar con confianza lo que piensas y sientes en cualquier momento presente de tu vida, sacrificas tu verdadera personalidad –tu “yo”- por las opiniones y predilecciones de los demás. Cuesta enfrentar un rechazo o una censura y más fácil adoptar un comportamiento que inspirará aprobación. Es una trampa peligrosa, y una trampa difícil de evitar en nuestra sociedad.
 
Curiosamente, los relatos que condicionan la espontaneidad del pensamiento propio de un número significativo de personas provienen de segmentos minoritarios aunque de presencia intensa que arraigaron en las áreas dinámicas y centrales de la comunidad. Posiciones rupturistas, combativas e intransigentes con el sistema socio político cultural en el cual estamos inmersos. Hay una victoria cultural curiosa en países como el nuestro: a partir de tragedias de nuestro pasado reciente, se instalaron estigmatizaciones –lo burgués, lo oligarca, lo facho, lo gorila, el liberalismo travestido de conservadurismo de derecha- que consiguieron encriptar dimensiones de pensamientos ligados al pacifismo humanista, al liberalismo político económico soñado en sus raíces foráneas por gente como Locke, Hume, o Adam Smith, o en nuestro país por Alberdi, bien interpretado y promovido por personas como Alberto Benegas Lynch, y en general a posiciones reacias al populismo de inspiración inequívocamente fascistoide. El relato gendarme, que controla esas áreas tan caras a los espíritus sensibles, consigue la auto censura imprescindible para la pertenencia. Y entonces sobreviene la estafa: la renuncia a nuestro yo, a cambio de una careta complaciente sostenida con embustes o con silencio para lograr la aceptación de quienes controlan la portería, dictaminando lo que es el bien y lo que es el mal.
                                                                                                Pablo Fernando Tomati

miércoles, 3 de mayo de 2017

UNA ESPECIE ESCLAVIZADA


Al abordar el pecado de la pereza en su libro “Los Siete Pecados Capitales”, Fernando Savater cita al escritor y político francés François R. de Chateaubriand en su obra “Memorias de Ultratumba”: Fuese pastor o rey, ¿qué hubiese hecho con mi cetro o mi cayado? Me habría fatigado igualmente de la gloria y el genio, del trabajo y el ocio, de la prosperidad y del infortunio. Todo me cansa: remolco penosamente mi hastío junto a mis días y voy por doquiera bostezando mi vida”.

   Respecto del Hombre el Orden creador contempló el peligro del hastío, y le dio un motor llamado inquietud e inconformismo. Básicamente, las personas no se quedan quietas, y se ocupan en trabajar, realizar actividades de todo tipo, viajar.  Pero, siendo una especie híbrida e implantada, no tiene de su condición de animal el elemento característico de ese “reino”: la serena elementalidad de las bestias, y no tiene de su condición de criatura pneumática el elemento característico de los dioses: el pleno poder sobre el tiempo y los elementos. Vistos desde el implacable punto de observación de un megascopio intergaláctico, somos unos bichitos que se mueven frenéticos en su brevísima existencia, yendo de un lado a otro, y algunos pocos, construyendo vanas edificaciones e infraestructuras complejas, o pequeños objetos voladores que salen impulsados hacia la nada espacial.  Es evidente que esta especie va hacia algún lado, que tiene algún propósito, un sentido existencial, pero daría la impresión que fue puesta allí para cumplir con algo concreto, y que luego se desvanecerá por autoeliminación… o por hastío al haber arribado al punto límite permisible sin sucumbir. La Humanidad es una especie esclava, y no puede escapar de su sino. Todo lo que hace y cree que puede llegar a hacer está condicionado por un espacio muy acotado, por un mandato del cual no puede evadirse. Un sino que no habilita conocer la plena libertad, y en consecuencia, acceder a la plena felicidad. El único capital relevante que posee es la conciencia y la potencial capacidad de construir su propia trascendencia espiritual.
 
                                                                                         Pablo Fernando Tomati