Al abordar el
pecado de la pereza en su libro “Los Siete Pecados Capitales”, Fernando Savater
cita al escritor y político francés François R. de Chateaubriand en su obra
“Memorias de Ultratumba”: Fuese pastor o
rey, ¿qué hubiese hecho con mi cetro o mi cayado? Me habría fatigado igualmente
de la gloria y el genio, del trabajo y el ocio, de la prosperidad y del
infortunio. Todo me cansa: remolco penosamente mi hastío junto a mis días y voy
por doquiera bostezando mi vida”.
Respecto del Hombre el Orden creador
contempló el peligro del hastío, y le dio un motor llamado inquietud e
inconformismo. Básicamente, las personas no se quedan quietas, y se ocupan en
trabajar, realizar actividades de todo tipo, viajar. Pero, siendo una especie híbrida e
implantada, no tiene de su condición de animal el elemento característico de
ese “reino”: la serena elementalidad de las bestias, y no tiene de su condición
de criatura pneumática el elemento característico de los dioses: el pleno poder
sobre el tiempo y los elementos. Vistos desde el implacable punto de
observación de un megascopio intergaláctico, somos unos bichitos que se mueven
frenéticos en su brevísima existencia, yendo de un lado a otro, y algunos
pocos, construyendo vanas edificaciones e infraestructuras complejas, o
pequeños objetos voladores que salen impulsados hacia la nada espacial. Es evidente que esta especie va hacia algún
lado, que tiene algún propósito, un sentido existencial, pero daría la
impresión que fue puesta allí para cumplir con algo concreto, y que luego se
desvanecerá por autoeliminación… o por hastío al haber arribado al punto límite
permisible sin sucumbir. La Humanidad es una especie esclava, y no puede
escapar de su sino. Todo lo que hace y cree que puede llegar a hacer está
condicionado por un espacio muy acotado, por un mandato del cual no puede
evadirse. Un sino que no habilita conocer la plena libertad, y en consecuencia,
acceder a la plena felicidad. El único capital relevante que posee es la
conciencia y la potencial capacidad de construir su propia trascendencia
espiritual.
Pablo Fernando Tomati

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