LA PALABRA
EXTRAVIADA
Mucho de lo que
entendemos por evolución se liga al desarrollo científico. Pero salvo algunas
ligeras variaciones, nuestra especie sigue siendo el mismo homínido superior
que se impuso a los otros linajes gracias a su inventiva, gentileza de ciertas
neuronas de yapa.
Fue LA PALABRA el
elemento singular de la criatura humana, el vehículo virtuoso que nos fue
transportando cual cápsula presurizada autopropulsada a través de selvas
hostiles y mares tempestuosos. LA PALABRA nos ha preservado escrita en cuentos
y tragedias, en pensamientos filosóficos y poesía, en tratados de ética y
novelas; LA PALABRA como arte y obra; como oratoria excelsa destinada a
conmover pétreos espíritus o a mitigar el desconsuelo de los deudos de un
difunto.
Es en el cómo nos
vinculamos con las palabras donde definimos si militamos en el partido de la
civilización o de la barbarie. En esta dualidad, la Palabra se corresponde con
lo primero cuando marcha en simbiosis con la VERDAD; la Palabra es instrumento
de la barbarie cuando pierde su fundamento y se transforma en otra cosa: un
arma arrojadiza para herir, para el mero vituperio, para la mendacidad.
En el clan
primitivo de los proto humanos el elemento más codiciable era el fuego; hoy es
la “verdad”, pero no la genuina y absoluta, sino la que se amolda a las
necesidades de cada individuo, la relativa.
¿“QUE ES LA VERDAD?
¿QUID VERITAS? En el siglo XXI ya no es un valor en sí mismo. Ralph Keyes, en su best seller “The
Post-truth Era. Dishonesty and
Deception in Contemporary Life” (2004) señala que asistimos a una era en que la
honestidad está contra las cuerdas; que a la átavica mentira por primera vez en
la historia no se la percibe como un disvalor en el discurso político. “Perder
interés en buscar la verdad –afirma Keyes- significa dejar de confiar unos en
otros, porque ya no sabremos quien está siendo honesto con nosotros y quién no.
Las consecuencias de vivir en un mundo “post-veraz” se volverán cada vez peores
si no se despiertan las conciencias”.
Para evitar este cariz, deberíamos desarrollar relaciones más cercanas inter pares. La falta de honradez y el
engaño siempre estuvieron con nosotros en la creciente degradación de nuestros
vínculos. Vemos que en el debate gana quien grita más fuerte o se anima a ir
más allá para dejar al otro sin respuestas. El insulto como recurso para aniquilar
discursivamente al otro, supone que es más importante descalificar
personalmente al oponente que rebatir los argumentos expuestos. El barbarismo
de nuestro tiempo queda expuesto en la naturalización del insulto, que da
cuenta que ya no importa la calidad, la pertinencia o la veracidad de un
enunciado, sino tan solo no quedarse callado.
Nietzsche observó que las convicciones son enemigas más poderosas de la
verdad que de la mentira. En el mundo “civilizado” de la post-verdad no importa
comunicar o informar en sintonía con la realidad y basados en evidencia, sino
reafirmados en sus creencias personales.
Éste es el terreno de arenas movedizas en el cual caminamos. Si
extraviamos el valor de LA PALABRA, nos quedamos sin el vehículo necesario para
afirmarnos en una auténtica civilidad.
Pablo Fernando Tomati