viernes, 2 de noviembre de 2018


LA PALABRA EXTRAVIADA

Mucho de lo que entendemos por evolución se liga al desarrollo científico. Pero salvo algunas ligeras variaciones, nuestra especie sigue siendo el mismo homínido superior que se impuso a los otros linajes gracias a su inventiva, gentileza de ciertas neuronas de yapa.
Fue LA PALABRA el elemento singular de la criatura humana, el vehículo virtuoso que nos fue transportando cual cápsula presurizada autopropulsada a través de selvas hostiles y mares tempestuosos. LA PALABRA nos ha preservado escrita en cuentos y tragedias, en pensamientos filosóficos y poesía, en tratados de ética y novelas; LA PALABRA como arte y obra; como oratoria excelsa destinada a conmover pétreos espíritus o a mitigar el desconsuelo de los deudos de un difunto.
Es en el cómo nos vinculamos con las palabras donde definimos si militamos en el partido de la civilización o de la barbarie. En esta dualidad, la Palabra se corresponde con lo primero cuando marcha en simbiosis con la VERDAD; la Palabra es instrumento de la barbarie cuando pierde su fundamento y se transforma en otra cosa: un arma arrojadiza para herir, para el mero vituperio, para la mendacidad.

En el clan primitivo de los proto humanos el elemento más codiciable era el fuego; hoy es la “verdad”, pero no la genuina y absoluta, sino la que se amolda a las necesidades de cada individuo, la relativa.
¿“QUE ES LA VERDAD? ¿QUID VERITAS? En el siglo XXI ya no es un valor en sí mismo. Ralph Keyes, en su best seller “The Post-truth Era. Dishonesty and Deception in Contemporary Life” (2004) señala que asistimos a una era en que la honestidad está contra las cuerdas; que a la átavica mentira por primera vez en la historia no se la percibe como un disvalor en el discurso político. “Perder interés en buscar la verdad –afirma Keyes- significa dejar de confiar unos en otros, porque ya no sabremos quien está siendo honesto con nosotros y quién no. Las consecuencias de vivir en un mundo “post-veraz” se volverán cada vez peores si no se despiertan las conciencias”.
Para evitar este cariz, deberíamos desarrollar relaciones más cercanas inter pares. La falta de honradez y el engaño siempre estuvieron con nosotros en la creciente degradación de nuestros vínculos. Vemos que en el debate gana quien grita más fuerte o se anima a ir más allá para dejar al otro sin respuestas. El insulto como recurso para aniquilar discursivamente al otro, supone que es más importante descalificar personalmente al oponente que rebatir los argumentos expuestos. El barbarismo de nuestro tiempo queda expuesto en la naturalización del insulto, que da cuenta que ya no importa la calidad, la pertinencia o la veracidad de un enunciado, sino tan solo no quedarse callado.
Nietzsche observó que las convicciones son enemigas más poderosas de la verdad que de la mentira. En el mundo “civilizado” de la post-verdad no importa comunicar o informar en sintonía con la realidad y basados en evidencia, sino reafirmados en sus creencias personales.
Éste es el terreno de arenas movedizas en el cual caminamos. Si extraviamos el valor de LA PALABRA, nos quedamos sin el vehículo necesario para afirmarnos en una auténtica civilidad.


                                                                                                     Pablo Fernando Tomati

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