domingo, 1 de junio de 2014

JUGAR CON LAS PALABRAS
 
   El frataslafa que componía Fidel Pintos en “Polémica en el Bar” se mantiene como un inderrocable rey de la sanata.  El inclasificable Federico Peralta Ramos, desde el programa televisivo de Tato Bores, nos deleitaba con su parloteo delirante.  Buena parte de las canciones de los Redonditos de Ricotta, casi todas las de Divididos (“Spaghetti del rock” a la cabeza), el discurso del recordado flaco Spinetta, Alfredo Casero tanto él como lo que hace, Favio Alberti, Diego Capussoto, Mex Urtizbe rea…  son algunos exponentes vernáculos del decir delirante o sin contenido… o del jugar con las palabras como arte.
 “Supercalifragilísticoextradelicioso”, un decir traducido de la inolvidable “Mary Poppins”, sirve como síntesis de este arte salido vaya uno a saber de dónde, que permitió hacerle ganar dinerillos a varios de los mencionados, y a miles en diversos países del orbe.  
   Mi experiencia personal con el delirio semántico se remonta a la época en que cursaba la secundaria.  Con un compañero de curso, disfrutábamos de nuestras pláticas disparatadas durante los tediosos recreos de diez minutos.  Sin pudor ante los tipos que pasaban a nuestro lado.
  Era muy disfrutable aquello, pero también cuando hablábamos en serio.  Acababa de llegar la democracia, y con Ricardo sostuve mis primeras charlas políticas, que terminaban en debates pues nuestras ideologías eran opuestas.  Siento un gran orgullo del adolescente que fui: para jugar con las palabras había que tener lectura, y para hablar de política, interés por trascender la bobería de la edad.  Pero así y todo, llevo en mi corazón una de mis mayores frustraciones: un por entonces emer gente periodista que venía del área deportiva llamado Nelson Castro, desde su programa “Convi vencia” que se emitía por Radio Municipal de la ciudad de Buenos Aires, dedicó una semana a tratar el tema de la vacuidad de los adolescentes, brindando su micrófono para el descargo de los mismos.  Invitado mi Colegio, fuimos un grupito a representarlo.  Nuestro papel fue lastimoso, y cuando tuve la palabra, toda mi lectura, mi cultura general, mi condición de joven no superficial se esfumaron y transmití un personaje mediocre, corto de palabra y sin nada que decir.  El pánico escénico, que le dicen.  El no haber podido expresarme hizo que Castro se llevara un erróneo concepto de mi persona.  Aprendí que el qué y el cómo decir es fundamental para hacernos conocer.  Pensaba en el arte de jugar con las palabras y me hago una pregunta: ¿Expresamos algo, cuando supuestamente decimos nada?    

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