lunes, 24 de febrero de 2014

domingo, 23 de febrero de 2014

EL ALBEDRÍO INDUCIDO

   Una conocida parábola refiere de un elefante criado desde su nacimiento en un recinto abierto en plena selva; la noble bestia llevaba un grillete ajustado a su pata delantera derecha que enganchaba una cadena de 100 metros de longitud fijada en el otro extremo a una estaca firmemente clavada al suelo, lo cual le impedía andar más allá de ese perímetro.  Ya adulto, una noche fue sedado y se le retiró el grillete: el elefante liberado, sin embargo jamás se alejaría más allá de los 100 metros del recinto.
  Cierto número de personas en este mundo (un núcleo de privilegiados, unos mil millo nes de entre miles de millones de seres humanos) son dueños de libre albedrío. Aún con algunos condicionantes,  obran libremente según su entera voluntad, gozan de libertad de elección.  El resto es el elefante liberado; cree que la libertad disponible se mantiene inalterable desde el día de su nacimiento, ignorando que algo externo a él le puso cadenas durante su desarrollo para inducirle la conveniente noción del alcance de su albedrío.  Dejemos de lado los pueblos oprimidos, cuasi esclavizados por férreas autocracias, dictaduras o reinados teocráticos. El hommo urbanis occidental, el tipo de calle, en su mayoría es un manojo de inducciones, de adoctrinamientos adquiridos, aprehendidos e incorporados al torrente sanguíneo. Están los dogmáticos fanatizados, cuya razón está irremediablemente condenada a la atadura de su cadena intelectual, en segundo lugar los prosélitos de doctrinas por lo general heredadas de sus mayores, que impermeabilizan oídos, cautivando el criterio para refrendar con su voto el canto a la lealtad, y por último una minoría que no se casa con nada, que revé su pensamiento, lo corrige cuando voces ajenas le hacen notar su equivocación en un parecer, y reconoce que cada corriente de opinión tiene sus héroes y sus muertos escondidos en el placar. ¿Cuál tercio suena a liberado de ataduras?
   Pero más allá de cómo se vincula cada uno con su pensamiento, están los modos.   No se trata en definitiva de la posición ideológica que defiende, sino el modo errado en que la porta y la confronta ante la del prójimo. Como cuando descalifica, pone motes,  o intenta hacerle entender al otro que lo que piensa carece de sustentos argumentativos de valía. Hay dos nociones que debieran estar vedadas por completo al Hombre en el presente estadio de su evolución: Dios y la Verdad. Son abstracciones destinadas a poner en ridículo a sus abanderados fervorosos.
   El modo en que una persona se conduce en la vida nos da la pauta de su grado de libertad interior.

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