Un cuento breve mío
publicado en la colección Nuevos
Cuentistas Argentinos, de la Red Literaria Sur, tras haber sido
seleccionado en el Concurso de Cuento Breve de 1995. El episodio refleja la
situación precaria que vivían los pueblos fueguinos, que estaban a merced de
cazadores europeos asesinos pagados por los estancieros que se establecían en
la Patagonia, o como en este caso, por marinos balleneros ingleses que cada
tanto capturaban nativos para esclavitud de servicio, caza menor, guía o
cualquier otra actividad.
LA
PARTIDA DE UN HORRN
Kámi comenzó a
tiritar. No era el frío el causante,
sino un dolor que mordía su alma, y la impotencia que mataba sus últimas
ilusiones.
Echó una última
mirada a Hamelink, su padre. Este, al sentirse observado por su adorado
primogénito, hizo un ademán de fastidio y le dio la espalda. Kámi no pudo saber
entonces que una lágrima impertinente se escurría por la curtida mejilla del
anciano.
Mucho hacía que la
noche reinaba sobre el Haruwen de Kámi, pero eso no los incomodaba mientras
Kren se dignara a asomarse unos instantes por jornada, o la bella Kre
compartiera con ellos su tenue resplandor.
Shónn jamás olvidaba a sus hijos de la Karukinka –la última
tierra de la Gente-, y ya fuera con el uno o con la otra, nunca les faltaría
luz para iluminar sus pasos.
Kámi en su partida
sin retorno dejaba tras de sí al lailuka Hamelink, llama de sabiduría y calor
de compañía, pero también a Chálu, su bienamada mujer y madre de sus cuatro
hijos, y los otros, sus antiguos compañeros klóketen, que sufrieron junto a él
la prueba de superar el temor a los sho’órte para hacerse hombres.
Los navegantes de
rostros peludos lo esperaban en la playa. Kámi sabía que solo ellos eran
capaces de morder la mano que les daba de comer, pero no podía renunciar a sus
convicciones aprendidas en el Hain: él era horrn, el mejor cazador de keyáishk
de la región, y los que viajaban en la gran nave necesitaban de sus servicios.
Kámi no comprendía
la lengua de aquellos, pero tenía la certeza de su destino. Kox, el eterno
rugidor, en cuya superficie se reflejaba el esplendor de las estrellas, así se
lo había anunciado. Por eso, al subir a la embarcación, fue como si hubiese
comprendido perfectamente las palabras de quien parecía ser el jefe a bordo:
“¿Este es el cazador de cormoranes que trajeron? A ver si el pobre diablo
aguanta un tiempo más que el anterior”.
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