domingo, 20 de marzo de 2016


Un cuento breve mío publicado en la colección Nuevos Cuentistas Argentinos, de la Red Literaria Sur, tras haber sido seleccionado en el Concurso de Cuento Breve de 1995. El episodio refleja la situación precaria que vivían los pueblos fueguinos, que estaban a merced de cazadores europeos asesinos pagados por los estancieros que se establecían en la Patagonia, o como en este caso, por marinos balleneros ingleses que cada tanto capturaban nativos para esclavitud de servicio, caza menor, guía o cualquier otra actividad.

                                   LA PARTIDA DE UN HORRN

Kámi comenzó a tiritar.  No era el frío el causante, sino un dolor que mordía su alma, y la impotencia que mataba sus últimas ilusiones.

Echó una última mirada a Hamelink, su padre. Este, al sentirse observado por su adorado primogénito, hizo un ademán de fastidio y le dio la espalda. Kámi no pudo saber entonces que una lágrima impertinente se escurría por la curtida mejilla del anciano.

Mucho hacía que la noche reinaba sobre el Haruwen de Kámi, pero eso no los incomodaba mientras Kren se dignara a asomarse unos instantes por jornada, o la bella Kre compartiera con ellos su tenue resplandor.  Shónn jamás olvidaba a sus hijos de la Karukinka –la última tierra de la Gente-, y ya fuera con el uno o con la otra, nunca les faltaría luz para iluminar sus pasos.

Kámi en su partida sin retorno dejaba tras de sí al lailuka Hamelink, llama de sabiduría y calor de compañía, pero también a Chálu, su bienamada mujer y madre de sus cuatro hijos, y los otros, sus antiguos compañeros klóketen, que sufrieron junto a él la prueba de superar el temor a los sho’órte para hacerse hombres.

Los navegantes de rostros peludos lo esperaban en la playa. Kámi sabía que solo ellos eran capaces de morder la mano que les daba de comer, pero no podía renunciar a sus convicciones aprendidas en el Hain: él era horrn, el mejor cazador de keyáishk de la región, y los que viajaban en la gran nave necesitaban de sus servicios.

Kámi no comprendía la lengua de aquellos, pero tenía la certeza de su destino. Kox, el eterno rugidor, en cuya superficie se reflejaba el esplendor de las estrellas, así se lo había anunciado. Por eso, al subir a la embarcación, fue como si hubiese comprendido perfectamente las palabras de quien parecía ser el jefe a bordo: “¿Este es el cazador de cormoranes que trajeron? A ver si el pobre diablo aguanta un tiempo más que el anterior”.

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