miércoles, 14 de enero de 2015


SE PUEDE REMOVER EL MAL EN NOSOTROS

 

Hacemos ese viaje imaginario al Espacio (como lo realiza la serie “Cosmos”) y uno solo ve belleza, portento y perfección cuasi artística. Aquí no corren categorizaciones tales como el Bien o el Mal. La razón cae de maduro: el orden perfecto es ajeno a todo punto de vista subjetivo, simplemente lo ES.

En el mundo humano todo es relativo y subjetivo. En los días que corren, brutales acontecimientos que vienen generándose en Nigeria o en Siria e Irak -y que han derramado en el corazón de Europa- (sin que se pueda aventurar hasta dónde llegará la demencia), nos presentan con claridad esa noción intangible llamada el Mal.  Las decapitaciones, el asesinato de inocentes de una redacción, poner un arma en un niño de 10 años para que ejecute un condenado o enviar una niña cargada de explosivos a un supermercado y hacerla detonar dentro, son la exacerbación grosera del Mal, el ser diabólico entronizado en el mundo que no encuentra en su rival “el Bien” una reacción que pueda mellar sus actos.

Al Mal hay que combatirlo en sus manifestaciones más sutiles, antes de emprender cruzadas más ambiciosas y ecuménicas. Porque el Mal mide tanto en cifras nano métricas como astronómicas. Y a quienes nos reconocemos gente de bien nos afecta el involucrado en las primeras. No voy a realizar una descripción, sino solo a dar un único ejemplo, pues es nuestra tarea individual, cual láser curativo, irradiar cada célula de mal en nuestro interior y pulverizarla.

Muchas veces escucho gente que se jacta de “decir las cosas de frente, sin anestesia, aunque duelan o caigan mal”. Esta conducta  que supuestamente definiría el rasgo de una persona con carácter y fuerte personalidad parece viralizarse en cada vez más individuos, al punto que quienes ponemos cuidado en nuestras palabras para no herir ni hacer sentir mal al prójimo entramos en la categoría de cobardes o timoratos. Esto me sirve de introducción para hacer foco en un tipo de manifestación del Mal: cuando nuestras actitudes (por egoísmo o descuido) causan algún daño a quien lejos está en nuestra voluntad querer hacer sentir mal.  Las relaciones humanas son muy complejas, donde se plantean auténticos juegos de ajedrez, plenos de estrategias que encubren nuestro deseo de no ser heridos o quedar en “off side”.  En ese deseo egoísta planteamos estrategias rígidas que no contemplan los daños colaterales, daños que a la corta o la larga nos alejarán irremediablemente de aquellos hacia quienes, paradójicamente, queremos acercarnos cada vez más. Hay un mal ocasionado aún a nuestro pesar, pues alguien objetivamente fue herido como consecuencia de nuestros actos. Una brizna de Mal nos ha gobernado. Y es un mal severo cuando nos ha privado de lograr un objetivo. He aquí un ejemplo. Cuanto más mal erradiquemos de nuestra esencia, más percibiremos que aquel orden perfecto celestial efectivamente nos contiene.

 
                                                                                             Pablo Fernando Tomati

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